Madrid. De nuestro corresponsal.- El Gobierno tiene previsto aprobar mañana en Consejo de Ministros un decreto por el que se aplicaría un IVA del 25% a la venta de humo. Fuentes gubernamentales informan de que quedarán exentos de la medida los humos industriales cuyas cantidades y gravamen vienen regulados por la normativa internacional sobre emisión de gases invernadero. Han querido tranquilizar también a los fumadores, que quedarán excluidos al considerarse que, además de estar ya sujetos a otras figuras impositivas, con su actividad emisora no obtienen normalmente beneficio comercial alguno. Con el nuevo impuesto se pretende actuar impositivamente sobre uno de los escasos sectores que actualmente evoluciona al alza. Las primeras prospecciones apuntan a que el impuesto, aunque indirecto, tendrá su mayor impacto en amplios sectores de la política y de los medios de comunicación que la sostienen en este país. Las cifras que baraja el ejecutivo son de 2.000 millones de metros cúbicos, sólo en el Congreso. El grupo de trabajo que elabora el dictamen no ha cuantificado todavía la aportación del Senado, que se supone será modesta; no así las de las 17 cámaras autonómicas, donde según los primeros cálculos se prevén cifras sustanciosas. El gobierno está seguro de que estos contribuyentes, en un ejercicio de responsabilidad política que les honrará ante la ciudadanía, asumirán sin recelo, con esta nueva tasa sobre la venta de humo, su obligada contribución a los ingresos de la Hacienda Pública. Sin embargo, la respuesta entre los que van a pagar no es del todo entusiasta ni unánime. Mientras que en la prensa todos estos rumores, que venían de semanas atrás, han ido siendo recibidos con serena y contenida irritación, en círculos parlamentarios predomina la preocupación, por entender que la medida puede llegar a cohibir de algún modo la presentación y defensa de algunos proyectos de ley y de manera larvada puede socavar la libertad de expresión que, en palabras del presidente de la Alta Cámara, «tanto trabajo y sacrificio nos ha costado traer a este país». A pesar de ello, se muestran dispuestos a colaborar en este delicado momento, insuflando con la venta regular de humo, y la correspondiente liquidación del impuesto, una bocanada de aire fresco en el exhausto fuelle de la economía nacional. No obstante, esa carga fiscal podría atenuarse, en opinión de los portavoces de los partidos mayoritarios, con el aumento de la producción. Según sus estimaciones, en las dramáticas circunstancias actuales, el volumen total de ventas podría fácilmente incrementarse este año hasta un 120%, de lo que se deduciría una inyección de unos 3.000 millones de euros para las agotadas arcas públicas. La opinión no es compartida por algunos grupos minoritarios que ven en este nuevo tipo impositivo, de carácter indirecto subrayan, una forma de cargar una vez más sobre las espaldas de los más débiles el peso de la humareda que nos envuelve. Lo más imaginativo ha llegado del grupo parlamentario más moderno. Su portavoz se ha declarado dispuesta a contribuir «como la que más del entero suelo patrio» con un impuesto que grave todas sus emisiones, «me da igual que sean orales, axilares o anales». Convencida del potencial que todo esto esconde, ha propuesto al Gobierno que inste ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) la creación de una oficina que regule el mercado internacional de este tipo de emisiones. Indudablemente la aceptación de esta propuesta, para cuya sede sugería libremente Madrid Capital, nos colocaría, dada nuestra innegable capacidad productiva, en una posición inmejorable para reequilibrar nuestra castigada balanza de pagos. De momento el Gobierno mantiene silencio ante esta iniciativa para la internacionalización comercial del capital-humo y trabaja calladamente en la elaboración del decreto que gravará su venta en el ámbito fiscal de su competencia.
jueves, 26 de abril de 2012
El humo pagará IVA
Madrid. De nuestro corresponsal.- El Gobierno tiene previsto aprobar mañana en Consejo de Ministros un decreto por el que se aplicaría un IVA del 25% a la venta de humo. Fuentes gubernamentales informan de que quedarán exentos de la medida los humos industriales cuyas cantidades y gravamen vienen regulados por la normativa internacional sobre emisión de gases invernadero. Han querido tranquilizar también a los fumadores, que quedarán excluidos al considerarse que, además de estar ya sujetos a otras figuras impositivas, con su actividad emisora no obtienen normalmente beneficio comercial alguno. Con el nuevo impuesto se pretende actuar impositivamente sobre uno de los escasos sectores que actualmente evoluciona al alza. Las primeras prospecciones apuntan a que el impuesto, aunque indirecto, tendrá su mayor impacto en amplios sectores de la política y de los medios de comunicación que la sostienen en este país. Las cifras que baraja el ejecutivo son de 2.000 millones de metros cúbicos, sólo en el Congreso. El grupo de trabajo que elabora el dictamen no ha cuantificado todavía la aportación del Senado, que se supone será modesta; no así las de las 17 cámaras autonómicas, donde según los primeros cálculos se prevén cifras sustanciosas. El gobierno está seguro de que estos contribuyentes, en un ejercicio de responsabilidad política que les honrará ante la ciudadanía, asumirán sin recelo, con esta nueva tasa sobre la venta de humo, su obligada contribución a los ingresos de la Hacienda Pública. Sin embargo, la respuesta entre los que van a pagar no es del todo entusiasta ni unánime. Mientras que en la prensa todos estos rumores, que venían de semanas atrás, han ido siendo recibidos con serena y contenida irritación, en círculos parlamentarios predomina la preocupación, por entender que la medida puede llegar a cohibir de algún modo la presentación y defensa de algunos proyectos de ley y de manera larvada puede socavar la libertad de expresión que, en palabras del presidente de la Alta Cámara, «tanto trabajo y sacrificio nos ha costado traer a este país». A pesar de ello, se muestran dispuestos a colaborar en este delicado momento, insuflando con la venta regular de humo, y la correspondiente liquidación del impuesto, una bocanada de aire fresco en el exhausto fuelle de la economía nacional. No obstante, esa carga fiscal podría atenuarse, en opinión de los portavoces de los partidos mayoritarios, con el aumento de la producción. Según sus estimaciones, en las dramáticas circunstancias actuales, el volumen total de ventas podría fácilmente incrementarse este año hasta un 120%, de lo que se deduciría una inyección de unos 3.000 millones de euros para las agotadas arcas públicas. La opinión no es compartida por algunos grupos minoritarios que ven en este nuevo tipo impositivo, de carácter indirecto subrayan, una forma de cargar una vez más sobre las espaldas de los más débiles el peso de la humareda que nos envuelve. Lo más imaginativo ha llegado del grupo parlamentario más moderno. Su portavoz se ha declarado dispuesta a contribuir «como la que más del entero suelo patrio» con un impuesto que grave todas sus emisiones, «me da igual que sean orales, axilares o anales». Convencida del potencial que todo esto esconde, ha propuesto al Gobierno que inste ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) la creación de una oficina que regule el mercado internacional de este tipo de emisiones. Indudablemente la aceptación de esta propuesta, para cuya sede sugería libremente Madrid Capital, nos colocaría, dada nuestra innegable capacidad productiva, en una posición inmejorable para reequilibrar nuestra castigada balanza de pagos. De momento el Gobierno mantiene silencio ante esta iniciativa para la internacionalización comercial del capital-humo y trabaja calladamente en la elaboración del decreto que gravará su venta en el ámbito fiscal de su competencia.
miércoles, 25 de abril de 2012
Golpe de elegancia
Abrir como un libro nuestra colmada cabeza ante un garrotazo limpio y bien templado es un gesto de generosidad espontánea, a veces el último, que no suele aprovechar ni entender quien lo sacude, y bien poco gratificante para quien quiso enseñar maneras y se devana en vivo la sesera.
Trabajos policiales
Al habla la Policía: «Queremos promover la participación ciudadana al 100%, al tiempo que queremos preocupación ciudadana al 0%». Con ese redondeo de números, la declaración quiere pregonar, aunque con énfasis algo sobrado, la cruzada abierta contra «el vandalismo y los elementos antisistema». Habida cuenta de los antecedentes obrantes sobre la policía —o sea, los auténticos antecedentes policiales—, me temo que en ese saco se meta a bulto a quienes simplemente no son afectos al sistema, causen estragos o no. De entrada sorprende ese binomio de participación y preocupación presentado a la ciudadanía. Como un desliz natural la policía sugiere que el aumento de esa participación irá en detrimento de la preocupación y por tanto en beneficio del bienestar. Si tenemos en cuenta el método de participación habilitado, ese que coloca fuera de limbo y acusación legal a toda una galería de personas fotografiadas, en búsqueda y por identificar, mejor sería hablar de delación o de acusación confidencial. Y por el otro lado, deberíamos hablar, más que de preocupación, directamente de miedo. Pero no ya por los que andan sueltos, que volverán al escenario de sus dañinas hazañas, sino por los que nada tienen que ver con ellos y pueden ser incriminados. Es difícil que la ciega tolerancia 0 —por emplear esa jerga total— nos lleve en volandas a un estado de beatífica preocupación 0. Más probable será que la intolerancia y sus métodos de participación animen un estilo de ciudadanía que, al amparo de la policía, nos devuelva a la absoluta despreocupación social. Volveremos a oír aquello de «si lo han cogido, algo habrá hecho», y si no lo han cogido, lo haya hecho o no, cogeremos el teléfono mientras le comentamos al colega «¿no fue ése el que se nos puso farruco el día de....?». Nunca pondría objeción a una mayor participación ciudadana en asuntos públicos, pero no es este el el caso. Aquí en realidad se llama a la ciudadanía a participar en un escarmiento preventivo y a realizar trabajo policial por cuenta ajena.
martes, 24 de abril de 2012
Parapegma
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| Thermae Traiani parapegma, según copia del Kunstgeschichtlichen Museum, Universität Würzburg |
No creo que pueda convencer a nadie de la importancia de los parapegmas. Así que no pienso intentarlo. No obstante, sería casi delito no contar en estas entradas con una mención a los almanaques griegos, que marcan el camino a los que después de ellos han venido. Lo que arriba se muestra es un grafito romano, aproximadamente del siglo IV, que se encontró en las termas de Trajano y que sigue el patrón de los parapegmata griegos. Estos diseños servían como calendarios, pero también como base para el pronóstico astrológico y meteorológico. En el de arriba, el papel descriptivo de los dibujos se completaba con una serie de orificios que permitían señalar los tres datos básicos del calendario: el día de la semana, el día del mes y el propio mes en el año. Cada uno de los tres se señala introduciendo una clavija en el orificio correspondiente. El conocimiento de estos ciclos astronómicos básicos daba pie a conjeturas sobre cuestiones más prácticas y cotidianas. De este modo en torno a los ciclos fiables y bien registrados se iban creando, con correlaciones aventuradas, ciclos previsibles acerca de otros temas como la evolución meteorológica de las estaciones o las fechas de siembra y recolección.
El diseño cumple con su función de mostrar los términos que definen la fecha. El centro lo ocupa una representación de la órbita zodiacal, con sus 12 signos sobre los correspondientes sectores, cada uno de los cuales se subdivide hasta dar en total 24 orificios. Un icono y la letra inicial los identifican. Como origen del año se tomaría el radio superior, que deja a su izquierda a Aries. Consecuentemente, se entiende que el avance temporal es contra las agujas del reloj. Gracias a estos segmentos, que cumplen un papel similar al de los meses actuales, se puede registrar la posición del día en el ciclo anual. En los dos laterales se numeran los días del 1 al 30, dando tamaño uniforme a los meses del calendario juliano. Por último, en la parte superior se muestran las figuras de los siete dioses bajo cuya advocación se presentan los días de la semana. Cada una de ellas se presenta con el instrumento o rasgo que le caracteriza y que más tarde, en representaciones posteriores, se convertirá en su símbolo. Saturno inicia la lista al representar, como el Cronos griego, el origen del tiempo humano. En su mano empuña la hoz con la que castró a su padre Urano. A continuación el Sol aparece rodeado de rayos, la Luna presenta dos cuernos, Marte blande una lanza y se cubre con casco guerrero, Mercurio luce su caduceo, Júpiter muestra un haz de rayos y Venus no tiene nada aparente.
Aparte de la simbología sorprende un poco la disposición, el orden en que los dioses aparecen: Saturno, el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. Aunque empieza por el sábado, el orden es similar al actual y bien distinto del que «los planetas» tienen en el firmamento. Ni siquiera coincide con el que establecen sus tamaños o distancias, ni ahora ni en la época romana. En el orden planetario grecorromano, regulado por la proximidad a la Tierra fija, el Sol ocupa la posición central. Por encima se sitúa una jerarquía divina en orden genético, con Saturno el primero, su hijo Júpiter después y el hijo de éste, Marte, seguidamente. Por debajo el ámbito se feminiza con Venus y la Luna rodeando a Mercurio. El orden resultante, el orden planetario de los romanos, sería: Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna. Para pasar de éste al semanal hay que ir asignando a cada una de las 24 horas su propio dios, siempre siguiendo este orden. Si a la primera hora del primer día le asignamos Saturno, a la vigésimo quinta, que es la primera del segundo día, le correspondería el Sol, a la cuadragésimo novena la Luna, y en ese orden irán apareciendo Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. O sea, el orden semanal: sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, jueves y viernes.
lunes, 23 de abril de 2012
Actualidad de la síntesis
Resumir y resolver, recortar y eliminar, navaja y trabuco. Empuñando estas herramientas, los expertos acuden a nuestro purgatorio a trabajar, según la tradición dialéctica, por una sana síntesis.
domingo, 22 de abril de 2012
¿Decidimos, o no sabemos?
A pesar de que el volumen de datos a nuestro alcance parece enorme, es complicado estimar si la información de la que disponemos es mucha o poca. Generalmente estimamos que es escasa cuando nos urge tomar una decisión, y tanto más escasa cuanto más importante sea esa decisión. Se diría que nuestra percepción del volumen de información y de la urgencia de su empleo funciona en proporción inversa: a mayor necesidad, menos nos parece que sabemos. El asunto es aún peor, porque en las escalas de medir información y urgencia las referencias nunca están claras. Como punto de referencia para lo que tenemos que saber nos solemos fijar en lo que en cada momento necesitamos, rara vez en lo que ya sabíamos. Esto viene a demostrar que, pese a que el conocimiento es acumulativo, es determinante en su adquisición el apremio inducido por otros factores tales como la necesidad, o en otros casos la emulación o la belleza. Valoramos sobre todo la capacidad de colocarnos rápidamente a la altura de los acontecimientos, lo demás nos parece un beneficio regular de carácter vegetativo. En el aprendizaje apreciamos más la aceleración o la flexibilidad que la velocidad o la regularidad, sin reparar demasiado en esos períodos en que el conocimiento, movido por el desánimo, decae o se enturbia. De ese aprecio por la aceleración del aprendizaje se hace además un valor absoluto, del que se espera crecimiento continuo con independencia de su repercusión en otro tipo de capacidades personales.
He querido subrayar estas tendencias del conocimiento en su evolución, para oponerlas a lo que sucede con nuestros márgenes de decisión personal. Para ciertos ámbitos de decisión, pienso en los más personales, el conocimiento útil parece quedar fijo y estañado en nuestro carácter pronto. Sin embargo, cuando las decisiones comprometen otros ámbitos, digamos de orden social, los conocimientos se organizan e inculcan con arreglo a planes de estudio más o menos tradicionales. En teoría son muchos los jóvenes a los que cada año se declara competentes para tomar decisiones complejas, alejadas de lo estrictamente personal. Pero es notorio que la mayoría no llegan a decidir más que de forma muy discreta y ocasional, y casi siempre sujetos a enmienda sin revisión. Se nos asegura que con el voto es diferente, que la delegación de nuestra voluntad política es una decisión genuina que debe colmar nuestro interés de participación social. Para muchos no es así, y ven su voluntad muy por encima del restringido interés que los representantes le conceden. Esto es más evidente cuando las cuestiones sobre las que se decide son de su interés, porque la capacidad de decisión que mantienen, delegada a través de su voto, les parece mínima e irrelevante. Incluso inmerso en una mayoría parlamentaria, el voto, como cota superior de decisión política, es ridículo para quien dedica media vida a formarse en la asunción de decisiones o para quien ha sabido afrontar decisiones personales comprometidas. La desproporción entre el nivel de decisión —de participación se denomina— ofrecido por el sistema y el nivel de conocimiento que se nos exige para mantenerlo es manifiesto. Del estado de necesidad habría que esperar cambios, porque agudiza esa desproporción. Por el momento no viene siendo así. En vez de corregirse el desequilibrio, comprobamos que el aumento del conocimiento en boca de portavoces autorizados, y no una expresión amplia de la voluntad, es tomado como la única palanca regeneradora del sistema.
sábado, 21 de abril de 2012
De los laureles
El ruido de los laureles atraviesa ansioso los sueños para muy de mañana presentarse musicado a su dueño.
jueves, 19 de abril de 2012
Horarios varios
Frente a una pared las horas parecen planas, frente a un paisaje avanzan tortuosas, frente al mar se adivinan profundas, pero frente al espejo resultan absurdas.
miércoles, 18 de abril de 2012
Novela negra
«Una mujer ciega comenzó a escribir una novela sin percatarse de que su pluma ya no tenía tinta. Gracias a la policía científica que analizó la deformación de las fibras del papel hechas por la punta de la pluma, las 26 páginas blancas fueron salvadas» (Publicado en Le Monde, 16/4/2012).
Es verdad, se echa a faltar el «érase una vez». Presentado como noticia, el suceso desmerece algo al mostrar dos caras bien distintas, simbólica en su origen y convencional en su resolución. El periódico, rendido a la actualidad, subraya evidentemente la segunda con fervoroso aplauso para los avances de la técnica y la policía. No hay mención alguna, ni siquiera un paréntesis, para el contenido «en blanco» de esas 26 páginas. De hecho la noticia se incluye en las páginas de Ciencia. De la novela en ciernes podría decirse, seguramente con mayor justicia que de las cervantinas, que es una novela ejemplar. Siendo más rigurosos, deberíamos quedarnos mejor con el cuento, un cuento cuyo carácter ejemplar ha basculado del terreno moral al simbólico. Y lo digo sin amago de ironía. Ese ejercicio de escritura en vacío, sin lectores, con sus símbolos aún volátiles y equívocos, es fiel ejemplo de lo que se ve obligado a padecer cualquiera que se lanza a escribir una novela. Admito que es desolador ver cómo pasa en un instante a estado virtual lo que se tenía por real, pero ese cambio de estado no es exactamente una pérdida y menos aún un retorno al punto de partida. Como tantas veces en que se reclama providencial, la intervención de la ciencia pone el parche para que se vea la herida. Pero, aunque suponga un alivio retrotraerse a un estado seguro, ese auxilio tiene como efecto congelar lo escrito y desmontar nuevas salidas creativas para acabar devolviéndole al escritor, pasados los días, 26 páginas de un relato extraño e irreconocible. Y qué decir de la llegada de la policía a la llamada de socorro. Pues que su actuación, ejemplar aun sin crimen, no sólo destapa un pavoroso conflicto de seguridad donde ninguno había, sino que concluye con una singular novela negra, extraída de esas páginas en blanco.
martes, 17 de abril de 2012
Doblete de gala
Para renovar la monarquía, que a ojos vistas se agota, convendría mirar a fórmulas de éxito. Estoy pensando en la policía, como autoridad directa, y en ese juego de sometimiento, alimentado por sus versiones fuerte y débil. Sorprende que no proliferen diarquías, constitucionales naturalmente, con dos cabezas dirigentes simultáneas, una que haga el papel de bueno y otra el de malo. Sus disputas mejorarían el espectáculo y no andaríamos confundiendo amor y odio en el mismo individuo.
lunes, 16 de abril de 2012
La vida en un día
Mi vida me empieza a recordar a aquella otra que en una sola jornada viví. Fue un día breve e intenso. Desperté eufórico y para mediodía ya había visto todo lo que importaba a mi alrededor. Tan maravillosa como la comida resultó la siesta. Incomparables ambas y difíciles de describir. Una tristeza tremenda me acometió después al quedarme a solas. Necesitaba un poco de aire y me fui hacia la ventana. Con ella abierta llegaron risas y trinos del jardín cercano, hasta que todo se hizo ruido. Así que me encerré para ver una película y leer luego algo. No aguanté mucho. Pasado un buen rato incluso dejé caer el libro. Mejor que las imágenes, pensé, el recuerdo de lo visto por la mañana. Comprobé que la mayoría de las cosas ya se me habían olvidado, seguramente las mejores. Si quería revivirlas, no tenía otra que intentar soñarlas, que dormir calmadamente hasta que aparecieran de nuevo. Mientras, en la habitación, la espesa atmósfera ahogaba aquella frescura mañanera, y me fui quedando cada vez más mohíno. Acostado en mi cama, vi cómo la luz menguaba y sentí que me invadía un terco sopor. Volé entonces hasta perder de vista aquel memorable día. Hoy lo rememoro, por si mañana lo olvido. Comparada con aquella jornada, la vida entera se ve más ancha y propensa al desvarío: mucha mañana, alguna comida y poca siesta. Las tardes que se me entregan, pronto se esfuman entre tanto libro. A ratos me animo a contarlo por escrito, más lo que revivo que esos sueños que espero llegar a vivir.
sábado, 14 de abril de 2012
Adheridos
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| Lapa devorada por una estrella de mar. Foto: Ameliensee en Flickr |
viernes, 13 de abril de 2012
Viento y fuga
Allá donde el viento azota crudo
un oscuro tribunal de piedra se reúne,
que ante el resplandor del rayo
delibera suertes y decide
implacable destino al fugitivo
abriéndole los cielos en castigo.
martes, 10 de abril de 2012
La princesa india
A quien se pasea junto a los muy recios muros de los palacios, iglesias y conventos del antiguo Cáceres, nada le hace imaginar que en las alturas puede encontrar algo más que la absolución de sus pecados y menos aún que en ellas puede haber sitio para la sensualidad y el desenfado. Por mucho que prometan, bien poco deparan sus ventanas enrejadas, sus balcones cerrados o sus galerías vacías. A nada conduce plantarse frente a ellos, porque nadie se va a asomar para regalarte ni una mirada ni una sonrisa. Tan apretado y hermético se ha quedado el monumental caserío de la ciudad vieja, rodeado de su muralla, que apenas cabe dentro un soplo de vida. Sólo los turistas desfilan circunspectos por sus plazas y callejas poniendo la barbilla en alto y llevando su folleto en mano. Por las salas, patios y habitaciones interiores cruzan como sombras curas, militares y funcionarios, para quienes esos edificios son hoy un dominio exclusivo. Da la impresión de que cuanto más grueso se ha ido haciendo su caparazón granítico, más hueco suena todo en su interior, como si de todo ese rígido y reticulado espacio hubiera sido desterrada cualquier alegría.
Dicho esto, ¿y si te anunciara que por la calle de la Amargura se sale de ese ambiente plomizo a una amplia plaza, quizá la más luminosa, donde una sobria portada se abre bajo un friso que sostienen dos airosas columnas toscanas? En medio de todo, supongo que eso te parecería un respiro. Pero, si además levantas la vista, puede que incluso te arranque un suspiro y que te sorprenda descubrir en una de sus enjutas un medallón en el que luce una joven y radiante princesa india. Para mayor sorpresa el palacio que la exhibe no es el de un noble ni el de un indiano. La leyenda del friso dice que estás ante la sede episcopal mandada levantar en 1587 por el obispo de Coria Don García de Galarza. En el ángulo izquierdo, al otro lado de la puerta, encontramos un segundo medallón. La figura que se enfrenta a la de la princesa es la de un anciano sumido en una especie de torbellino. Con él se completa la simetría y se entra en un juego interpretativo abierto a las metáforas.
| Medallón bajo el friso de la portada del Palacio episcopal de Cáceres |
Pero, más allá de esa conjunción de geografías, ambas imágenes evocan el tránsito vital, un tránsito potenciado por la innegable fascinación de la representación. Es probable que el anciano fuera asimilado por la mayoría al viejo mundo, pero es seguro que la princesa personificaba ante todos a América como tierra fértil y pródiga. Por entonces había ido creciendo a este lado del océano, en medio de la miseria, un mito fecundante que cifraba toda esperanza de futuro en las Indias. Una vez sometidos sus príncipes y caciques, de Hatuey a Moctezuma, entraron en la historia sus mujeres. Más allá del caprichoso y siempre escaso oro, en ellas se quería confirmar una posesión inmediata, muchas veces la última. Cortés lo intentó con la intrigante Malintzin, que gobernó como pocas, sin llegar a ser nunca suya. Quiso después investirse de aires regios con Tecuichpo, mujer del vencido Cuauhtémoc, hija del propio Moctezuma. Quizá ninguna otra haya representado mejor que ella el empuje de la nueva progenie americana. A su vida irán llegando uno tras otro hombres que se verán rebasados como sucesivos jalones en su camino. De su quebrada dignidad resurgirá un dominio soterrado y sutil a medida que crece su descendencia mestiza. Finalmente, un aura de respeto la envolverá para que sea recordada, con el nombre de Isabel de Moctezuma, como la última princesa de las Indias.
domingo, 8 de abril de 2012
sábado, 7 de abril de 2012
Ruido y disfraz
Delirante fe que combina fanfarrias, tambores e imágenes con furiosa penitencia y convierte ese tumulto en un «clamor generalizado de sentida devoción popular». ¿Tan difícil es serenarse y mirar por un momento un poco más aquí de ese alborotado más allá?
viernes, 6 de abril de 2012
Los puentes
Los verás con el brazo al frente señalando con rapidez y convicción puntos dispersos en el vacío. Los orates forman una especie abundante, regularmente distribuida y claramente sobrestimada por la multitud. Son aquellos que frente a la duda pontifican y encima creen que tienden puentes. Más raros, pero preferibles, son los magos. A nadie engañan del todo cuando ahogan dudas llenando el paisaje de sinuosos ríos en vez de pantanos, a nadie en realidad intentan convencer para cruzarlos. Sabemos que para esa travesía de puentes hay que ganarse el trato de otra gente, la más huidiza y escasa, los sabios. A diferencia de los orates, a estos es difícil encontrarlos. No nos queda otra entonces que seguir recorriendo las orillas, estimando las anchuras y buscando los vados, hasta que veamos el día en que ni siquiera necesitemos sabios.
jueves, 5 de abril de 2012
Gente libre
Escuchemos la autorizada opinión de Adam Sfinter, analista senior del prestigioso Instituto para el Recambio Humano: «Vive demasiada gente suelta como para andar preocupándonos por la suerte de cada uno. Y mejor que sigan libres, que no sean la típica carga para el resto, porque así podremos disponer de ellos ofreciéndoles alguna tarea según convenga. La libertad siempre es productiva, al menos siempre que sepamos jugar con ella».
miércoles, 4 de abril de 2012
A caballo
«Esto no va a ser sencillo» acertó a decir mientras se asomaba con semblante fúnebre por encima de las sábanas. Sus manos se aferraban a ellas como si fueran las crines del pánico, no sabiendo si en la estampida que se avecinaba emprendería un vuelo o una galopada.
martes, 3 de abril de 2012
Lo discreto y lo continuo
Lo que sucede a ritmo constante a lo largo del día, cada uno lo percibe a su modo generando una serie temporal y discreta de hechos. Se suman a esta cadena recuerdos y previsiones personales, y de vez en cuando alguna idea suelta. Sin más argumento cotidiano que esos chispazos discretos y excepcionales, nace como amalgama general una luminosa corriente continua de noticias y análisis. Paradójicamente ese régimen de información masiva y permanente nos empuja a un complaciente estado de ilusión. Nadie parece dispuesto a dudar de que el noticiero inagotable refleja la realidad de los hechos ni de que los análisis peregrinos representan la verdad científica. Envuelto en esa sutil ilusión el mundo informativo consigue clientela que la mirada cruda y la visión incómoda nunca lograrían.
lunes, 2 de abril de 2012
Verdades dormidas
La verdad nunca será una amenaza para el silencio, que le ofrece sustento y compañía. Lejos de él su porvenir es verdaderamente incierto. Quien la proclama como propia se entrega furibundo al ruidoso deber de acallar cualquier mentira y quien la comunica como ajena se ve obligado a defender esa revelación con voz propia. De no hacerlo así, esa verdad de poco les valdría, porque no puede llegar a ser verdad lo que nunca se pronuncia.
domingo, 1 de abril de 2012
El valor de lo infame
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| Poster de El verdugo de L. Gª Berlanga |
El hecho ha desatado opiniones diversas. Un sector de opinión coloca la prohibición en la corriente imperante de lo políticamente incorrecto y reclama la exhibición de toda esa fábrica de dolor como el mejor modo de asumir con normalidad el lado más atroz de la historia. Otro sector entiende que esos objetos evidencian conductas que, si en la actualidad permanecen soterradas, son lo bastante peligrosas como para evitar alentarlas al proponer esos dispositivos como mera mercancía. Rodean además a este asunto detalles que lo hacen aún más preocupante.
Generalmente un coleccionista vive su pasión obsesiva creándose con ayuda de ciertos objetos un mundo exclusivo y encerrándose no pocas veces en él. No es un detalle menor que Meyssonnier ejerciera como verdugo entre 1957 y 1962 en plena guerra de Argelia, alcanzando el pavoroso registro de 198 ejecuciones. Seguramente es imposible discernir en él o en los militares entre el celo profesional y la pulsión personal. Su actuación fue, según dicen, legal, pero con su colección Meyssonnier parece llevarnos sin pudor al tenebroso extrarradio de su profesión. Juzgarlo por la colección, por su fetichismo o por esa vocación, es inútil, pero atenuar el poder banalizador de lo que se quería poner en oferta, no.
Hay otro aspecto incuestionable, que muchos han subrayado. No es lo mismo disponer todo ese patrimonio en una muestra que realce su significación histórica y cuestione su legitimidad, que ofrecer esas piezas al mejor postor para convertirlas en objeto de un morboso culto personal. Que el culto sea privado, que quien puja diga sentirse atraído por la singularidad artística, por el carácter histórico, por la excelente mecánica o por la potencia funcional y amedrentadora del artilugio no parece argumento suficiente. Sería terrible que apoyándose en todos esos argumentos se exhiban esos aparatos como si tuvieran un valor apreciable y que el único asunto discutible sea el precio alcanzado en la subasta.
viernes, 30 de marzo de 2012
Apertura de las Cortes
Mientras la aburrida sesión avanzaba, el duque de Monjardin animaba al monarca con una de sus hondas disquisiciones morales:
—La política, mi Señor, prodiga valiosos ejemplos de estímulo y superación. En el rústico sencillo despierta y estimula siempre la afanosa codicia. Pero no por ello descuida al pudiente caballero, al que si ve justo de ideas, dota sobradamente de venenosa intención.
miércoles, 28 de marzo de 2012
A veces mecánico, a veces humano
La tortuosa relación entre hombre y máquina, que los peritos asépticamente denominan interacción hombre-máquina, hace mucho que ha dejado de ser asimétrica. Me refiero a que no existe una primacía de poder, porque en términos ontológicos la asimetría persiste. La impresión es que la relación salió hace tiempo del dominio paternal ejercido por el humano y evoluciona en territorio abierto. Para seguirle el rastro, puede que haya que discutir brevemente sobre las formas de poder. Lo normal es asociar el poder con la toma de decisión, pero esta apreciación devalúa la importancia del aspecto modal, donde intervienen también decisivamente las mediaciones y los condicionamientos. El desarrollo de estos factores tiene una incidencia más lenta en la evolución del binomio hombre-máquina, pero es de parecido orden a la que desencadena la decisión. Si tenemos presente esta visión menos concentrada y más diversa del poder, el estado actual de la entente hombre-máquina podría ser calificado como un pacto de mutua servidumbre, servidumbre de la máquina frente al hombre y viceversa, pero siempre servidumbre y dependencia.
Inicialmente el hombre en su prepotencia ha creído que la relación se reducía al estricto régimen operativo que ha venido imponiendo a la máquina mediante lenguajes y estrategias, es decir mediante las interficies —eso que los peritos llaman torpemente interfaces. Es cierto que estas interficies, entendidas como puntos de convergencia de los procesos que marcan la actuación de ambos entes, son diseñadas todavía por el hombre. Sin embargo, no deberíamos confundir en este punto iniciativa con control de los efectos. Puede que el hombre todavía conserve lo primero, pero a estas alturas no es seguro que mantenga absolutamente lo segundo. A través de esas interficies, el flujo de causas sucesivas que se generan hace que la manifestación de los efectos que conjuntamente se desencadenan quede muy repartida en ambas direcciones. Es un poco ilusorio creer que el control efectivo depende de una causa inicial, una fuente de energía quizá, y más que otorga primacía a uno de los dos entes. Sobre todo porque para hacerlo efectivo y asignárselo deberíamos remitirnos a un control último, cada vez más remoto y difícil de recuperar.
Seamos sinceros, o por lo menos claros. El propósito de la búsqueda de la causa inicial, de los orígenes del sistema o del mecanismo primigenio no es aristotélico, sino que apunta a la recuperación de una palanca de emergencia para ejercer en última instancia la autoridad decisiva con la esperanza de llevar el binomio a su asimetría inicial, a la sumisión de la máquina. El sistema, sin embargo, una vez evolucionado es tan complejo, tan ramificado en sus apoyos, que ese tipo de autoridad es irrecuperable. De hecho hemos llegado a una situación en que ese sistema actúa como un híbrido o como un ente bifronte, alimentado por la tensión que media entre lo natural y lo artificial. Y puede que como Jano, aquel dios de las dos caras, el nuevo ente posea facultades desconocidas y portentosas que potencien la doble expresión. Al tener su origen en esa visión doble y opuesta, tanto su expresión como las demás facultades gravitarán siempre en torno al principio de actualidad, mirando a la vez al pasado y al futuro. En medio de esa disparidad, que no permite una visión común sobre el tiempo tendido, será difícil hablar de una dialéctica de superación, y sin ella será imposible hablar de compromiso mutuo, y menos de un comportamiento o de una ética.
Cabe imaginar que estando sus facultades sometidas a ese principio de actualidad, al poder de lo inmediato, oscilarán con progresos y regresos en torno a algún punto de equilibrio. Esa oscilación llevará alternativamente cada una de las dos caras del nuevo Jano a primer plano. A quien no conozca ese juego de equilibrios, la deriva del binomio básico, del hombre acoplado funcionalmente a la máquina, le parecerá bipolar y preocupante. A veces nos mostrará su faz mecánica, y a veces su contrafaz humana. En él tendremos un interlocutor intermitente y un actor imprevisible que se moverá en sociedad sin una identidad definida. Razones suficientes para que el aislamiento de este genio incómodo sea irremediable y para que el juicio social a su intrigante conducta resulte riguroso. Razones que llevan a una condena imaginable, pero también a una respuesta enigmática y temible, porque nadie puede imaginar qué ocurrirá cuando salomónicamente se desconecten sus caras.
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martes, 27 de marzo de 2012
El aventurero
Cuando la mente se estanca, a muchos nos da por echar la cabeza atrás haciendo un obtuso y dando signos de desmayo. Ya ahí esperamos, con la vista perdida en lo más alto, al paso de nuevas nubes de refresco, confiando que no nos traigan más tormenta. Ponemos suavemente nuestra silla a dos patas y pasamos instantáneamente por el punto de equilibrio, justo antes de meternos de cogote en nuestra biblioteca de cabecera, rincón siempre socorrido y solemne, entrañable como pocos, a poco que se amen los libros. Tanto si nos descabezamos con estrépito como si rectificamos en vuelo, salimos bien aprendidos sobre el apoyo escaso de nuestro arsenal librero y nada enseñados de cómo planear un despegue mental sin riesgos.
lunes, 26 de marzo de 2012
El lector y su cuadrilla
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| Gamelin J., Orate ne intretis in tentationem, grabado del Nouveau recueil d’ostéologie et de myologie, Toulouse (1779). |
Al hojear la obra, basta ver el grabado bajo los títulos de la primera página para entender que Gamelin iba en sus propósitos un poco más allá de lo meramente científico. En él un esqueleto alado cabalga guadaña en mano en medio de un campo de cadáveres. La imagen, que se repite en esa misma clave en páginas interiores, parece invitar a la reflexión reproduciendo el viejo tema medieval del triunfo de la muerte. Sin alejarse en exceso del tono moral característico de los emblemas del siglo XVI, el grabado contiene también aspectos formales novedosos, incluso modernos. No es en la composición, tan clásica en su tiempo como la propia técnica empleada, sino en el dibujo, donde se apuntan los cambios importantes. Campea la macabra figura en majestad sobre un fondo coral de trazo confuso, pero lo bastante vívido como para hacer a ese coro clamar. El estruendo de las fanfarrias queda apagado por un griterío que surge de la cruda contraposición entre el patético rostro de los vivos y el turbio amasijo de los muertos. Pasada la Revolución un tema similar será tratado por Goya, a la luz de las linternas y sin aires apocalípticos, en sus fusilamientos del 2 de mayo. A partir de entonces la muerte dejará de verse como un luminoso anuncio del final para convertirse en una violencia más oscura, amarga y próxima.
De esa proclama moral de la primera página llegan repetidos ecos a las láminas interiores. No tenemos más que volver al grabado del comienzo. Que nadie piense que nuestro lector esquelético ha perdido las carnes en su enfermiza obsesión por la lectura, que mire bien porque está humillado y genuflexo. Realmente la estampa está lejos de ser cómica. Su intención es otra, es la de mostrar al adicto arrepentido, al cadáver moral, al enloquecido por las ideas, al carente de fe. El lema inferior deja poco lugar a dudas: «Orad, no caigáis en la tentación». A falta de carne fresca, podría añadirse, la tentación más obvia son los libros. Este mensaje, difundido en el período álgido de la Ilustración, nos revela a Gamelin como un hombre de profundas convicciones religiosas, revestido para la ocasión de un equívoco discurso científico, pero con una destreza y una sensibilidad formal avanzadas. Evidentemente, sobrevivió a todos los vaivenes políticos y revolucionarios como figura académica.
Esos ecos de los que antes hablaba resuenan con mayor brutalidad aún en otras imágenes. Estudios que en la vertiente osteológica podrían parecer cómicos, al ser llevados a la miológica, allá donde aflora la musculatura, resultan casi siempre inquietantes. No son simples disecciones y despieces, sino figuras despellejadas que parecen implorar piedad tras verse sometidas por el dibujante a público escarnio en medio de escorzos insinuantes y poses desmayadas. Como si por esas láminas salieran a deleitarse a plena luz los atormentados inquilinos de las cárceles de su contemporáneo Piranesi. En su estilo, el dibujo que cubre las planchas entronca con la tradición anatomista de los artistas renacentistas, pero la mirada de Gamelin no es tan curiosa, es más bien torva, como si estuviera dominada por una inquina moral que le impide disfrutar de una visión gozosa de los cuerpos. De la larga galería de imágenes vidriosas y siniestras entresaco la que me resulta más odiosa por sus pretensiones doctrinales. Se trata de una crucifixión anatómica, o más propiamente quizá del espectáculo anatómico ofrecido por el crucificado. El amaño moral de las imágenes forma parte de las más antiguas escuelas artísticas. Tampoco hoy es raro verse atropellado visualmente por imágenes atroces y convulsas de sufrimiento estético, aunque dudo de que lleguen a venderse como disecciones anatómicas. Al contemplar esta imagen se tiene la impresión de que aquel espíritu investigador que se apoyaba en un examen minucioso y en un trazo riguroso, el que llegó impulsado por el interés científico, ha claudicado. Gamelin representa el retorno a la vieja iconografía enaltecedora del tormento. Armado de un verismo crudo, tras su oportuno paso por las salas de los anatomistas, no duda en adulterar su proyecto ilustrador para dejar florecer su vocación de catequista. Todo un ejemplo de subversión emocional, y de regresión científica.
sábado, 24 de marzo de 2012
Nadería
Escribir de todo es un poco como escribir de nada o como escribir para nada. Si nada hay que reseñar, nada se podrá finalmente objetar, porque no hay nada de lo que especular. Pero, si de nada hay que especular, algo se podrá por lo menos decir sobre ese cómodo tránsito que iguala el "nada hay", pasando por el "nada", con el "no hay nada". Miro el encadenamiento, y cuanto más lo remiro más me parece que "algo hay". Sólo tengo que aplicar la lógica igualitaria y poner "algo" donde "nada" antes tenía, con lo que voy del "algo hay" al "algo" y salgo de ahí al "no hay algo", que viene a ser como decir que no hay nada. Claro que en ese caso, si no hay nada, no hay nada claro al afirmar que "algo hay". Atrapados en semejante nadería, sin nada que asegurar, ¿qué sentido tiene seguir?
Ideario volátil
Vuelan ante ti gráciles, libres y brillantes las ideas y, aunque amagan con venir a posarse y prestarte sus alas, nunca aciertas a sacar tu mano a tiempo.
viernes, 23 de marzo de 2012
Junto al hogar
Desde que alguien le contó que por la noche todos los ojos vagan ciegos como mariposas buscando la luz, ya nunca volvió a cerrarlos. Dejó vagar su mirada buscando impenitente, hasta que consumida y vacía encontró junto a las brasas, fabulando como siempre, al intrigante cuentista.
jueves, 22 de marzo de 2012
Cándido vuelve a su huerto
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| Oscar Sánchez. Foto de mongat.net |
No sé si la gente encontrará su peripecia aleccionadora, a mí me lo parece. No es una peripecia moral, así que nadie debería buscar en ella el triunfo del buen muchacho frente a variados males y malos. Oscar se equivocó al creer que su identidad era canjeable y tenía venta en el mercado negro, quizá porque no la tenía en demasiado aprecio o porque no paraba de pensar en salir de Montgat y ser otro en un mundo distinto, en una realidad más benévola. Afortunadamente los 626 días de prisión y amarguras en tierras lejanas no han hecho de él un superviviente resabiado, sólo lo han hecho un poco más sabio. Tampoco es una peripecia épica, es la historia de un ingenuo y su aventura, algo que se agradece en tiempos en que tantos héroes de papel andan sueltos. Y es también la historia de sus amigos y protectores, para nada ángeles custodios, sino gente que tan pronto bebe cava como lágrimas.
En el episodio final, con su llegada a puerto, nuestro Cándido habla de su futuro con sencillez, poniendo el acento en su vida inmediata, señalando lo pendiente, lo importante y lo imprescindible. El cronista lo resumía así: «Lo primero que quiere hacer es visitar en el cementerio la tumba de su madre y dar un paseo "solo" para poder recapacitar. Ha añadido que desea volver a casa lo antes posible (lo que sucederá hoy mismo), ver un partido de baloncesto y tomar una cerveza tranquilamente» (El País, 22/3/12).
martes, 20 de marzo de 2012
Acondicionando la escena
En las inmediaciones de Fresselines, un pequeño pueblo del Lemosín francés, recibe el río Creuse como afluente las impacientes aguas de la Petite Creuse. La confluencia se da en un amable paraje de riberas boscosas. Los robles y las hayas suben hasta las visibles colinas llenando las laderas con los colores propios de la estación. La luz, que a primera hora se asoma en tímidos y sombríos reflejos, va ganando en intensidad a medida que el sol se mueve aguas abajo, dando al paisaje contraste y volumen antes de mostrarlo a mediodía en todo su esplendor. En el punto de encuentro de ambas corrientes, plantado frente a poniente, como si de un espectador encantado se tratara, se elevaba en aquellos lejanos días un frondoso roble. Era él quien despedía cada tarde las últimas luces, mientras veía cómo todo a su alrededor se iba tornando rígido y frío. Aunque poco frecuentado, el lugar tenía su cofradía de devotos. Uno de ellos, escritor residente en el pueblo, condujo hasta él en cierta ocasión a un pintor amigo suyo al que había invitado a pasar unos días en su casa. Debió de ser esto a finales del invierno, marzo quizá, y del año 1889.
Nada más llegar a ese vértice en el que se levantaba el roble, quedó el visitante fascinado por todo lo que desde allí se veía. Donde quiera que miraba, la vista quedaba una y otra vez atónita ante nuevos motivos de estudio. Pero más sorprendente aún que esa profusión de temas eran las luces y colores con los que sus imaginarios cuadros quedarían revestidos. Con ser atractivo, el paraje parecía más bien un escenario, destinado por la naturaleza a reflejar las caprichosas evoluciones del colorido a lo largo del día. Volvió a la mañana siguiente y allí se mantuvo sentado durante la jornada entera mientras contemplaba maravillado el incesante espectáculo en el que el tránsito pausado de las sombras alternaba con los cambios repentinos de color. Intrigado y desafiado por ese rápido y evasivo juego de luces, decidió aplicar todo su oficio a plasmarlo en sus lienzos. Lo intentó con varios temas, pero no parecía fácil condensar en un solo cuadro los constantes cambios y todo ese dinamismo cromático. Decidió entonces repetir el mismo tema, pero en condiciones de luz diferentes, para ir formando de esta suerte series polifacéticas. Sumó con ellas hasta veintitrés cuadros.
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| Monet C., Rapides sur la petite Creuse à Fresselines (1889) Metropolitan Museum of Art, New York |
La decisión que tomó ha dado mucho que hablar entre pintores y aficionados, seguramente porque traicionaba todo eso del dinamismo cromático y porque acabó por instalar y confundir sus coloraturas en el escenario, haciendo inverosímil cualquier representación natural y pasajera de la luz. Fue el pánico, tan propio de quien se ve desbordado por la realidad, lo que le hizo pensar: si el tiempo se te escapa, intenta darle marcha atrás. En carta a una amiga, él lo contaba de otro modo: «Intenté ofrecerme a pagar al propietario del viejo roble cincuenta francos por quitar todas las hojas del árbol. Tengo cinco lienzos, de los cuales en tres juega todo el papel». La mañana siguiente dio mucho de sí. Dos operarios se afanaron, siguiendo sus instrucciones, en despojar al árbol de sus nuevas y tiernas hojas. Llegó la tarde y el escenario parecía preparado para la llegada de las últimas luces. Se dice que ya nunca acudieron a la cita, incapaces de reconocer al roble que había sido su talismán. No obstante, el pintor triunfó. Contaban de él que en Fresselines incubó un nuevo modo de ver la naturaleza. Pero el cuadro real, aquel en el que todo se resume, es un poco más irritante. En él un pintor que pretendía perseguir luces y colores a través de los paisajes, espera la hora crítica sentado junto a su caballete, sumido en sus ensoñaciones, mientras el paciente roble aguanta firme en escena esperando a representar de nuevo su papel, pese a sentirse mudo, ridículo y humillantemente expoliado.
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| Monet C., Soleil sur la Petite Creuse (1889) |
viernes, 16 de marzo de 2012
Arrogante escultor
Es lo que tiene el pedagogo entusiasta, que de tanto pulir virtudes, a poco que el pupilo sea dócil, lo desfigura.
miércoles, 14 de marzo de 2012
El PP y el metodismo
Ha llegado el momento de ir al grano y hablar claramente del PP. Hablemos de cómo condiciona el discurso de todo aquel individuo que se confía a él. Hablemos de ese atosigante y efectista bombardeo de imágenes y frases con las que nos somete e hipnotiza. Hablemos de su absurda pretensión de representar las más avanzadas ideas desde su plataforma cerrada. Hablemos de su discurso del método, para nada cartesiano, con un método torpe de montar discursos anodinos y oportunistas. Hablemos de su política de ajuste del tono audiovisual, orientada a dar realce, pero no solución, a nuestros problemas. Hablemos de nuestro indefenso sentido común, tan sensible a los efectos de sus imágenes simplonas y de sus trucos dialécticos. Decididamente el Power Point es algo más que una herramienta informática, debe de ser visto como un instrumento metodológico no exento de peso ideológico. Apoyado en ese armazón, no hay discurso, por mediocre que sea, que no parezca colocado en la avanzadilla de la nueva retórica. Con sus pantallazos seriados y musicados, hasta el orador más atragantado recibe para su discurso un moderno certificado de homologación metodológica, como un héroe de la tribuna.
martes, 13 de marzo de 2012
Alfa y omega
Bienaventurado el que confunde el final con su principio, porque cualquier suceso se reducirá para él a pura ilusión.
domingo, 11 de marzo de 2012
Proyectos individuales
Hasta hace no mucho siempre habíamos creído que un individuo forja su individualidad mirando hacia sí y sustrayéndose al mundo, y que en el mejor de los casos por esa vía creaba un mundo propio. Nos lo contaron de artistas, de escritores, de líderes, a los que se distinguía desde fuera por su carácter, por su singularidad. Hoy lograr el aislamiento físico necesario para incubar el genio individual es difícil. Tampoco es fácil crearse una línea defensiva que preserve la individualidad y aún menos lograr que cierta autoridad nos afirme ante los demás. Algunos optan por una arrogancia escénica o por una superioridad impostada, sin reparar en que ambas fórmulas dependen de un círculo solidario de camaradas que los asfixiará necesariamente como individuos.
De todos modos son las relaciones interpersonales, o sea las que implican a dos individuos, el uno y el otro, o en su defecto las que presentan a ese uno frente a una representación virtual del resto de los otros individuos, las que mejor muestran los recursos que en este mundo cada vez más interrelacionado se emplean como sostén del individuo. Valor añadido tienen en ese banco de pruebas las mantenidas por jóvenes, por aquello de que reproducen su proceso de formación y asentamiento. En él los educados en un individualismo competitivo son los que parecen dar más claros signos de haber gestado una individualidad autista. Fracasan normalmente en su aproximación comunicativa —y de paso en cualquier proyecto colaborativo— al vivir obsesionados por obtener el mayor beneficio de su individualidad, a la que han convertido en su empresa representativa.
Viene todo esto a cuento de un artículo sobre la juventud estadounidense, en el que Eloi Saint Bris refleja este punto en los siguientes términos: «La individualidad se ejerce para el otro pero sin el otro — únicamente en la representación. El otro no es más que un espejo de mi propia representación. Un 'sí' raramente es un asentimiento en una conversación, es más bien una excusa para retomar la palabra cuando el otro ha acabado su prestación. Pero mientras conserve la palabra un tiempo que me permita salir del montón, no es importante saber que nadie verdaderamente me escucha» (Eloi Saint Bris, Le Huffington Post, 11/3/2011).
viernes, 9 de marzo de 2012
Cultos recíprocos
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| Anna Ajmátova (1911), dibujo de A. Modigliani |
Rodean ese encuentro de la poetisa y el pintor datos (entre ellos el dibujo y el párrafo de arriba) que vienen a ser circunstancias o matices en los que se explica el signo amoroso de lo que ambos compartieron. Como en su caso, los amores se cultivan a veces creando un culto recíproco. Se abandona de entrada la ilusión del entendimiento, pero sin renunciar a la mutua y profunda contemplación. Embebidos en ella, ambos amantes elevan la presencia contrastada del otro al nivel del contraste que mantienen con sí mismos. La compleja dialéctica crea con frecuencia divinidades, o al menos reflejos más o menos pálidos de ellas. Su inclusión en el juego amoroso tiene inicialmente unos efectos deslumbrantes, en los que se desvirtúan las asimetrías y se acallan los presagios trágicos que inexorablemente acompañan a esos dioses.
Modigliani dibuja a Ajmátova apurando la expresión en el trazo del lápiz, con una sobriedad casi ingenua. Por las referencias sabemos que en ella quiere modelar la imagen serena de las diosas egipcias. Sin embargo, hay algo en el resultado que traiciona ese propósito. Muy lejos del hieratismo mudo, la figura descansa ensimismada, casi abandonada a sí misma. No es sólo el efecto conjunto, está ese giro de la cabeza en busca de intimidad o el gesto de esa mano desprendida. Son rasgos que expresan un estado anímico, que van más allá de la mera representación. Sorprende también que con esa impronta diagonal y dinámica llegue a mantenerse intacto su equilibrio. Cumple así la imagen con el requisito divino de la augusta quietud, por más que difícilmente veamos a Isis envuelta en esas curvas. A falta de erotismo, la fertilidad que con ellas se insinúa está lejos de la rigidez de la diosa egipcia y más cerca del estilo rotundo de una matriarca romana.
Ajmátova describe a Modigliani desde la distancia, ya iniciados los años 60. El tiempo transcurrido ha dado a conocer lo que encerraba y ha confirmado sus presentimientos. El párrafo los describe como de víspera, asomados a sentimientos sinceros y algo retóricos, poco magullados aún por las amarguras. París es un extraño punto de cruce a todas luces amenazado. París no es una fiesta, es un escenario sórdido y oscuro. Pero allí, mal que bien, fue ella convocada al amor. Un amor curioso, que en la memoria ha sobrevivido como un encuentro donde las sensaciones surgieron atizadas por el arte. Obligados a contemplarse y a compararse en su disparidad, ambos se hicieron ver en esa bruma parisina como dioses impenetrables. De no haber mediado sus artes, quizá no los hubiéramos visto reducidos a escala humana. Ella acabó retratada como una sibila imponente y él descrito como una estrella venidera.
jueves, 8 de marzo de 2012
Cuadro con observador y objeto
Al acercarnos a nuestro cuadro vemos cómo el observador se aproxima al objeto, movido por una curiosidad incontenible de la que nacerá un deseo de encontrar explicación, probablemente de sí mismo, mientras emprende una revisión exhaustiva de los detalles menores, de aquellos que en la primera acometida permanecieron escondidos. Al hacerse estos a la luz, el objeto observado se convierte en un motivo que aviva la intención de ver, donde antes la mirada se posaba inquieta y distraída. Esperando una visión íntegra y definitiva, aumenta la creencia de que el objeto en su hermetismo oculta claves de paso, quizá a otros mundos. Ajeno e impasible, el objeto atrae curiosos a su umbral, a los mismos que luego obceca, y parece confiar y hacer públicos sus secretos dejando que cada cual los alumbre a su manera. Cautivados por ese magnetismo sustancial, muchos ya no reparan en todo lo que rodea al objeto ni en lo que a su alrededor convoca una vez convertido en objeto de todos. Sigue habiendo, no obstante, quienes se adentran intrépidos en ese océano de facetas, volúmenes y colores que lo circunda, y navegan entre el oleaje de emociones que suscita confiados a la vista de esas costas. Rara vez descienden estos a aguas más profundas y turbias, a menos que naufraguen. Son otros los que allí se abisman, flotando como sombras carentes de objeto alguno, como ciegos solemnes en su propio cuadro, como peregrinos perdidos en su mundo.
viernes, 24 de febrero de 2012
La medicina de siempre
Tras indagar en mi relajada conducta y constatar mi aversión a cualquier profilaxis, por todo diagnóstico el médico concluyó que toda esa laxitud me había convertido en un sistema de recorrido errático, de manifestaciones irregulares y de reacciones poco temperadas si no extremas; en definitiva, un mecanismo profundamente inestable, un objeto sin sentido claro y sin acomodo posible entre los restantes, una pieza huérfana.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Monstruos polémicos
Es un hombre de excepción, un polemista nato. Sobre sus hombros luce dos cabezas portentosas y en perpetuo desacuerdo.
martes, 21 de febrero de 2012
Sueños y estrellas
El que maneja sueños confunde verdades, el que confunde verdades acaba apagando estrellas y el que apaga estrellas vuelve a rebuscar en sus sueños.
Quería ser esto una especie de ciclo argumental, pero releyéndolo tengo dudas más que razonables. Más tendente a sugerir que a deducir, con esa voltereta retórica se quiere explorar donde nada podemos afirmar. De ponernos a hilar fino, lo primero sería identificar a quien media en el argumento y reúne concluyentemente esos tres talentos, a saber, manejar sueños, confundir verdades y apagar estrellas. Pero seguramente es demasiado el censo a explorar para tan vagos predicamentos. Ni siquiera es seguro que esos talentos sean tales ni que sean del todo compatibles, ni que haya quien sea capaz de retenerlos juntos. Así que dejemos a un lado a esos elegidos y aflojemos un poco la lógica. Por eso no nos van a faltar conclusiones. Puede que el mundo sea más comprensible contemplado desde esa rueda de sueños, de verdades y de estrellas negras. Al fin y al cabo la vida suele seguir esos ciclos angustiosos, aunque la lógica intente rectificarlos sin éxito.
sábado, 18 de febrero de 2012
Nuestro tiempo
Vivimos una época en que el tiempo ha pasado a tener efectos corrosivos. Ya no avanza sino que penetra en nosotros con efecto devastador para borrarnos del futuro.
jueves, 16 de febrero de 2012
Escena final
Dejarse ver en plena crisis, camino del fin del mundo, con gesto seco y austero, reclamando público arrepentimiento y sobriedad, ni merece crédito ni impone respeto. A quien no infunda miedo, esa imagen levítica sólo puede moverle a compasión cuando no a rechifla; lejos de su pretensión, a nadie inspira esperanza y aún menos fervor.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Tremendismo
Corren tiempos en que que viene el lenguaje tan veloz en su intento de señalar conceptos y cosas que suele atropellarlos con la primera palabra que la boca encuentra. Tras ese atropello, lo que pueda quedar de verdad en lo expresado es complicado de valorar. Frente a la realidad, la verdad se nos ha vendido como un esfuerzo personal por hacernos sitio de inmediato en esa espesura que nos envuelve. Sólo la ciencia ha presentado la verdad como un intento colectivo de explorar poco a poco lo real con sutileza. Quienes siguen la primera vía creen descubrir la verdad entre lo suyo y, teniéndola después por algo propio, crean en torno a ella un dominio de peaje. Los segundos, con un afán menos posesivo, van viéndola surgir a medida que en su búsqueda ajustan instrumentos y perfeccionan métodos. Con el lenguaje empleado para afrontar la realidad sucede como con el instrumento: cuando se carece de uno adecuado, la verdad se acaba estimando a tientas. La ve uno perderse en voluminosos tratados, cuando seguramente habría destacado mejor en sucintos informes. Por eso no es extraño ver al que quiere mostrarse espléndido en su saber enluciendo su enorme chiringuito con la brocha gorda. Con esa ambición tan ridícula su lenguaje resulta siempre forzado, trastocado o vampirizado, como quiera verse. En este sentido el caso de los calificativos es peculiar. Quien impone con urgencia la intensidad en lugar de sopesar el matiz pronto distorsionará cualquier descripción y la orientará según el polo que marquen sus emociones. En un analista el gusto por el adjetivo ingenioso, deslumbrante o arrollador suele ir siempre en detrimento de su capacidad para precisar términos y para exponer relaciones conceptuales. Surgen de esas desviaciones análisis muy poco certeros. El lenguaje analítico tremendista, hoy en boga en las columnas de opinión, es nefasto para cualquier relator de hechos, tanto más para quien pretende valorarlos. Y si para el análisis es devastador, tampoco como género literario aporta el tremendismo demasiada verdad. Su valor testimonial es discutible y su oficio dirigista demasiado manifiesto. Resume con acierto su interés literario el anónimo autor de la entrada en la Wikipedia al señalar: «El tremendismo es una forma particular de describir la realidad bajo la óptica de la exageración, utilizada a veces para crear en terceros la idea de que una tragedia es inminente, con el fin oculto de inducir a una determinada decisión, que se hace ver como la única capaz de evitar el suceso nefasto».
martes, 14 de febrero de 2012
Defendiendo mi presente
Cuando creemos haber superado, aunque sea con desigual fortuna, los sucesivos aprendizajes a través de los cuales se nos ha ido guiando, la primera sensación es de extrañeza. Le sigue cierto desahogo y desde esa posición pasamos a la condescendencia con el sacrificado ascenso del resto de aprendices. Pero esa simpatía tampoco dura demasiado y, a medida que tomamos conciencia de nuestra holgura, arbitramos nuevos peldaños, normas y exigencias con la falsa intención de atraerlos a una perfección que nunca encarnaremos y la secreta esperanza de que su avance sea productivo pero interminable.
lunes, 13 de febrero de 2012
El círculo de la escritura
Se puede escribir por placer, por necesidad o por disciplina. Pero el placer es efímero, es un relámpago, y la necesidad sigue sus ciclos, sean vitales o sociales. Lo que queda como sostén es la disciplina, en la que cualquiera puede ver la antesala de la rebelión o de la rutina. Dos salidas un tanto dispares. La rutina nos remite a un ejercicio metódico, a veces profesional, de la escritura, más propio del observador, del cronista y del analista que del muñidor de expresiones. En ese creciente desapego la rebelión quiere ser, a su vez, un acto de reajuste y también de justicia. No se trata de perseguir los hechos sino de dar a cada instante su expresión justa. Vuelve con ella el tormentoso placer de los primeros poemas y de paso se satisface alguna que otra necesidad inconclusa.
viernes, 10 de febrero de 2012
Al servicio de la marca
¿Monarquía o república? ¿Unitaria o federal? Eso depende. ¿Cuál es la que más vende? A la hora de reinventarse como imagen-país, o como país imaginario, uno debe cambiar el viejo ropaje nacional y vestir su régimen social ante el mercado de marcas con la fórmula más competitiva, potente y creíble. No olvidemos que la marca es imagen de fiabilidad y que detrás de ella está la cotización del capital humano, cifrada en sencillos números que registran al minuto la capacidad y la seriedad de los anónimos que empujan. Realmente esto es lo que hoy vende, y no la historia. Nada de historias, cuando hablamos de las cosas serias. Los monumentos vetustos, las viejas luchas intestinas, la cultura de los antepasados, los funestos reinos de taifas sólo son reclamos para el turista. Lo que importa a la hora de hacer valer una marca es dejar oír una única, recia y firme voz. Y a estos efectos es mejor lucir músculo sacando a desfilar a la tropa bajo la sagrada bandera que ofrecer jergas, cocinas e idiosincrasias varias. Como el desfile no es para diario, mejor sustituir la tropa por una pequeña escuadra de lucidos gastadores a los que se destacará para batallar de falsete, como deportistas, en todos los torneos donde se cotice la marca. Serán ellos los encargados de mostrar al mundo, y a la clientela, lo que se compra. Se ofrecerán como ejemplo de los valores humanos ocultos bajo ese señuelo y como prototipos, según venga el cuento, de una ciudadanía sana, de un pueblo fuerte o de una raza brava. Que la nomenclatura rechine tampoco debería ser problema, pues comparado con los deportistas poco o nada aportan los derechos individuales o colectivos a esto del mercado de marcas. Estaríamos en realidad hablando de cuestiones menores, ligadas a un ordenamiento constitucional que por flexibilidad debería en todo momento ajustarse a la conveniencia. Esto hace a muchos preguntarse qué calificativo convendría al Estado en la marca España. El tema ha sido ampliamente debatido y no tiene respuesta fácil, por eso conviene sopesarla buscando la mejor renta comercial. Hoy se lleva mucho el Estado de derecho, aunque sospecho que mejor sería de cohecho, y si es impropio aún sería mejor el Estado de gracia. Ese estado ha ido calando hasta llegar a la cuestión medular de la marca y sus defensores. Véase si no al ministro García Margallo, tocado de lleno por la gracia, cuando a bocapronta, pero en castellano bien hueco, proclama: «Los deportistas españoles son un elemento importante de ese conjunto de activos que forman la Marca España al servicio de la imagen del país». Al respecto la Casa Real ha emitido un breve comunicado que concluye: «Como histórico pasivo de la marca y a los meros efectos del saldo positivo que me toque, suscribo, firmo y rubrico esa agudeza».
martes, 7 de febrero de 2012
Izquierda y derecha, hoy
La izquierda ha pasado a ser tan cortés que difícilmente puede ser valiente. Con lo que tuvo de hacendosa, se ha quedado sólo en digna y de día en día más frágil; de poco le ha valido haber sido ilustrada, si todo lo que un día tuvo de curiosa lo tiene hoy de indecisa. Acostumbrada a esgrimir razones de interés público, se ve ahora obligada a seducir a su clientela —un éxito siempre dudoso— por temor a verse dominada. Es tan propensa a abochornarse con sus errores que resulta presa fácil para sus detractores, que no cesan de amedrentarla a gritos en el centro de la plaza. Desplazada a un sórdido rincón, atiende ahora consultas de los disconformes sobre los que derrama generosa su bálsamo reparador. También para los alterados ha dispuesto un gabinete que diagnostica con prontitud el trastorno y reconduce el desorden a base de fomentar esperanzas enérgicas. No sé si podrá conseguir mucho por estas vías, y más cuando por el otro lado se avasalla. Estos otros han entrado sin demasiadas dudas. El tiempo que han pasado acechando el poder, lo han vivido como un ejercicio baldío, democrático claro, pero fundamentalmente un penoso accidente. Con el pase por las urnas, muestran el aplomo de quien detenta el poder como si fuera de su propiedad. Su democracia no es de delegados es de procuradores y a la cabeza de la tropa, para que no haya equívocos, han puesto a un registrador de la propiedad. Han vuelto con su fórmula tradicional, la que reclama como derecho de la derecha hacer lo más propio a fin de que venga a ser propio lo que se estimaba compartido, que pasará a ser de su partido como carga liviana y muy rentable propiedad.
lunes, 6 de febrero de 2012
El tiempo y su escritura
La fe no sólo mueve montañas, a veces extiende su poder a territorios más prosaicos e impone en ellos cómodamente sus dogmas. A muchos les mueve la creencia, por ejemplo, en criterios estéticos superiores, gracias a los cuales pueden valorar cualquier estilo literario por contraste con un canon ejemplar, artificialmente constituido como síntesis de ciertos estilos personales, que juzgan incontestables y les resultan simplemente afines. Previamente cierta crítica ha elevado los rasgos básicos de esos estilos a la categoría de condiciones objetivas para la declaración de excelencia. Cualquier observador verá prevalecer en toda esta doctrina dos ideas fijas: la intemporalidad de la belleza y la existencia de un estilo óptimo para la expresión en una lengua.
Dejados a un lado los errores ortográficos y ciertas indisposiciones sintácticas, lo que muchos ofrecen en frases cortas, otros lo dan en frases más largas, lo que algunos expresan con un léxico florido y selecto, otros lo abordan con el lenguaje urbano. Decidir cuál es el más atinado ya sería difícil, porque ponemos de por medio la realidad que esos estilos reflejan y el ajuste alcanzado en el ensayo, pero decidir cuál es más atractivo y poner grados a lo estilizado es aún más difícil. Para complicar aún más estas graduaciones habría que tocar también el aspecto funcional, es decir el destino final de lo que se escribe. Lo que en un principio son cruces chirriantes entre lo funcional y lo literario, entre lo natural y lo amanerado, bien puede obedecer a la búsqueda para el mensaje de contextos equívocos y en definitiva a una elección estilística distinta. Es verdad que este experimento, en ocasiones incomprensible, suele tener un tono desviado e insoportable, pero ese instrumento suele ser también el único adecuado para expresar nuevas situaciones.
En todos sus niveles, desde el léxico, a la sintaxis, al estilo y al género empleado, los escritos quieren ser una respuesta a lo que con el tiempo nos llega y subsisten a partir de entonces como signos de ese tiempo. Se da, sin embargo, la paradoja de que, mientras que quien escribe cree expresar en palabras el sentido de su tiempo, es el tiempo el que parece ir dictando el sentido de esas palabras. La paradoja confirma que no existe neutralidad temporal y que el lenguaje fija sobre todo momentos y modos. Seguirá habiendo quienes crean que un estilo puro avala la verdad y la belleza. No hay mejor credo cuando uno pretende escapar de este mundo, cuando ha renunciado a entenderlo. Esas sensaciones no son nuevas. Probablemente estaban en circulación cuando Robert Musil acertó a expresarlas de este modo: «No hay nadie en el mundo entero que sepa liberar sus pensamientos de los ropajes lingüísticos de la época. Es por eso que ningún hombre sabe cuánto hay de cierto en todo aquello que ha escrito, y la razón por la cual al escribir ningún hombre es capaz de trastornar tanto las palabras como éstas al hombre mismo».
domingo, 5 de febrero de 2012
Actores al natural
Los estudiosos conseguirán sin aparente esfuerzo intelectual remontarse hasta el diálogo para encontrarle orígenes a la entrevista como género, aun a costa del versátil Sócrates y de su círculo de incondicionales. Apuntarse ese tanto es apuntalar en tierra firme construcciones literarias cada vez más movedizas y en ocasiones ruinosas. Ni entonces ni ahora abunda en esos intercambios verbales la franqueza, por lo que hemos dado en suponer que todos son meras puestas en escena. Excepcionalmente a beneficio de quien pregunta —me estoy acordando de Oriana Fallacci— y generalmente, por convenio editorial, de quien responde. Eso no significa que el interrogador no se reserve algún cartucho, mayormente para agitar la turbia conciencia, la flaca memoria o la decidida estupidez del entrevistado. Los que nos sabemos limitados ganamos poco en esas lecturas, por eso siempre nos quedamos con algún dato menor de la enorme cascada de palabreo manejada en el curso de esa «franca conversación mantenida cara a cara por este humilde reportero con ...».
En mi rutinaria inspección de la prensa, me encuentro hoy domingo con un par de entrevistas de muy distinto tono. En la primera Jesús Ruiz Mantilla entrevista para El País a Amparo Baró. El diálogo es distendido, cordial y de la parte interrogada suena a sincero, lo que no es poco. Está el obligado preámbulo llamando al público a las taquillas del teatro, pero lo que importa verdaderamente es la reflexión de Amparo sobre su profesión. Aquí, como tantas veces, el curso de la conversación es un tanto disperso, pero deja notas sabias. Me quedo de entre todas con esa en que habla de la construcción del diálogo en escena: «Es esencial la generosidad. Saber que si haces la pausa, te mira; que cuando coloca una frase, tú la observas y la dejas hacer, esa compenetración... El teatro, vamos a ver, es sentido común y algo de oído, si no mucho...». Algo se podría inferir de esa cita también para lo que se hace para la imprenta. A veces esa construcción teatral de la naturalidad supera con creces en cuanto a verdad a la supuesta naturalidad de los que se enfrentan como caricatos a las preguntas del reportero.
Esto me lleva a la segunda entrevista, también de un actor. La firma Elizabeth Day para The Observer, y su objeto, bien podría decirse de deseo, no es otro que Vincent Cassel. El no tiene la culpa de esos animados prologómenos entre miradas, sonrisas, fotografías y otras escenificaciones. Asume como cuestión de oficio su papel de genio encantador ante la prensa. El catálogo de todas esas naderías no abruma tanto como las rúbricas que la informadora va colocando entre las convencionales respuestas de Cassel. Por eso lo más llamativo aquí, lo que reclama cita, es la cobertura fotográfica que acompaña a sus bobas declaraciones y ese formato que empieza difundirse en algunos medios. Bajo una foto del apuesto Vincent con intencionada pose podemos leer todo esto: «Polo shirt £149, Paul Smith (harrods.com) Trousers £385, Jil Sander (selfridges.com). Photograph: Joanna Van Mulder for the Observer». En las restantes lo mismo. Es de justicia atribuir el disparo a su autora, es de justicia atribuir la propiedad del polo al almacén que lo cede, es de justicia indicar su fabuloso precio. Pero es demasiada justicia para el castigado lector. No voy a decir que salga con el batín de casa, ese de colorines, pero seguro que tiene armario como para lucir con naturalidad su forma de ser. ¿No decíamos que la vestimenta imprime carácter como si fuera una segunda piel? Pues bien, para la entrevista agradeceríamos ver la genuina, la primera. No me imagino a la Baró con un pie de foto recompuesto para la publicidad. Afortunadamente en la suya sólo dice, y esta vez haciendo estricta justicia, Jordi Socias.
Etiquetas:
fotografía,
periodismo,
teatro
sábado, 4 de febrero de 2012
Suerte para el pasajero
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| Puente de Santiago sobre el río Mapocho, Chile Barón de Bouganville, Journal de la navigation autour du globe (1837) |
River, Alexandre Desplat,
BSO The Tree of Life (2011), dir. T. Malick.
viernes, 3 de febrero de 2012
Registros y usos varios
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| Spintria, moneda romana usada en prostíbulos |
jueves, 2 de febrero de 2012
Divulga, que algo queda
Según prescribe el manual del astuto divulgador, para que la gente ame de verdad la naturaleza no hay mejor cuento que aquel que hace saludar a las ranas, hablar a los músculos, disimular a las arcillas, obedecer a las moscas, esconderse a las flores y abrazarse a las células. Escribir ese guión no es difícil del todo, lo difícil es que el lector se entregue a él, que se integre en ese pandemonium y que no acabe como un grillo.
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