Tras indagar en mi relajada conducta y constatar mi aversión a cualquier profilaxis, por todo diagnóstico el médico concluyó que toda esa laxitud me había convertido en un sistema de recorrido errático, de manifestaciones irregulares y de reacciones poco temperadas si no extremas; en definitiva, un mecanismo profundamente inestable, un objeto sin sentido claro y sin acomodo posible entre los restantes, una pieza huérfana.
viernes, 24 de febrero de 2012
La medicina de siempre
Tras indagar en mi relajada conducta y constatar mi aversión a cualquier profilaxis, por todo diagnóstico el médico concluyó que toda esa laxitud me había convertido en un sistema de recorrido errático, de manifestaciones irregulares y de reacciones poco temperadas si no extremas; en definitiva, un mecanismo profundamente inestable, un objeto sin sentido claro y sin acomodo posible entre los restantes, una pieza huérfana.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Monstruos polémicos
Es un hombre de excepción, un polemista nato. Sobre sus hombros luce dos cabezas portentosas y en perpetuo desacuerdo.
martes, 21 de febrero de 2012
Sueños y estrellas
El que maneja sueños confunde verdades, el que confunde verdades acaba apagando estrellas y el que apaga estrellas vuelve a rebuscar en sus sueños.
Quería ser esto una especie de ciclo argumental, pero releyéndolo tengo dudas más que razonables. Más tendente a sugerir que a deducir, con esa voltereta retórica se quiere explorar donde nada podemos afirmar. De ponernos a hilar fino, lo primero sería identificar a quien media en el argumento y reúne concluyentemente esos tres talentos, a saber, manejar sueños, confundir verdades y apagar estrellas. Pero seguramente es demasiado el censo a explorar para tan vagos predicamentos. Ni siquiera es seguro que esos talentos sean tales ni que sean del todo compatibles, ni que haya quien sea capaz de retenerlos juntos. Así que dejemos a un lado a esos elegidos y aflojemos un poco la lógica. Por eso no nos van a faltar conclusiones. Puede que el mundo sea más comprensible contemplado desde esa rueda de sueños, de verdades y de estrellas negras. Al fin y al cabo la vida suele seguir esos ciclos angustiosos, aunque la lógica intente rectificarlos sin éxito.
sábado, 18 de febrero de 2012
Nuestro tiempo
Vivimos una época en que el tiempo ha pasado a tener efectos corrosivos. Ya no avanza sino que penetra en nosotros con efecto devastador para borrarnos del futuro.
jueves, 16 de febrero de 2012
Escena final
Dejarse ver en plena crisis, camino del fin del mundo, con gesto seco y austero, reclamando público arrepentimiento y sobriedad, ni merece crédito ni impone respeto. A quien no infunda miedo, esa imagen levítica sólo puede moverle a compasión cuando no a rechifla; lejos de su pretensión, a nadie inspira esperanza y aún menos fervor.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Tremendismo
Corren tiempos en que que viene el lenguaje tan veloz en su intento de señalar conceptos y cosas que suele atropellarlos con la primera palabra que la boca encuentra. Tras ese atropello, lo que pueda quedar de verdad en lo expresado es complicado de valorar. Frente a la realidad, la verdad se nos ha vendido como un esfuerzo personal por hacernos sitio de inmediato en esa espesura que nos envuelve. Sólo la ciencia ha presentado la verdad como un intento colectivo de explorar poco a poco lo real con sutileza. Quienes siguen la primera vía creen descubrir la verdad entre lo suyo y, teniéndola después por algo propio, crean en torno a ella un dominio de peaje. Los segundos, con un afán menos posesivo, van viéndola surgir a medida que en su búsqueda ajustan instrumentos y perfeccionan métodos. Con el lenguaje empleado para afrontar la realidad sucede como con el instrumento: cuando se carece de uno adecuado, la verdad se acaba estimando a tientas. La ve uno perderse en voluminosos tratados, cuando seguramente habría destacado mejor en sucintos informes. Por eso no es extraño ver al que quiere mostrarse espléndido en su saber enluciendo su enorme chiringuito con la brocha gorda. Con esa ambición tan ridícula su lenguaje resulta siempre forzado, trastocado o vampirizado, como quiera verse. En este sentido el caso de los calificativos es peculiar. Quien impone con urgencia la intensidad en lugar de sopesar el matiz pronto distorsionará cualquier descripción y la orientará según el polo que marquen sus emociones. En un analista el gusto por el adjetivo ingenioso, deslumbrante o arrollador suele ir siempre en detrimento de su capacidad para precisar términos y para exponer relaciones conceptuales. Surgen de esas desviaciones análisis muy poco certeros. El lenguaje analítico tremendista, hoy en boga en las columnas de opinión, es nefasto para cualquier relator de hechos, tanto más para quien pretende valorarlos. Y si para el análisis es devastador, tampoco como género literario aporta el tremendismo demasiada verdad. Su valor testimonial es discutible y su oficio dirigista demasiado manifiesto. Resume con acierto su interés literario el anónimo autor de la entrada en la Wikipedia al señalar: «El tremendismo es una forma particular de describir la realidad bajo la óptica de la exageración, utilizada a veces para crear en terceros la idea de que una tragedia es inminente, con el fin oculto de inducir a una determinada decisión, que se hace ver como la única capaz de evitar el suceso nefasto».
martes, 14 de febrero de 2012
Defendiendo mi presente
Cuando creemos haber superado, aunque sea con desigual fortuna, los sucesivos aprendizajes a través de los cuales se nos ha ido guiando, la primera sensación es de extrañeza. Le sigue cierto desahogo y desde esa posición pasamos a la condescendencia con el sacrificado ascenso del resto de aprendices. Pero esa simpatía tampoco dura demasiado y, a medida que tomamos conciencia de nuestra holgura, arbitramos nuevos peldaños, normas y exigencias con la falsa intención de atraerlos a una perfección que nunca encarnaremos y la secreta esperanza de que su avance sea productivo pero interminable.
lunes, 13 de febrero de 2012
El círculo de la escritura
Se puede escribir por placer, por necesidad o por disciplina. Pero el placer es efímero, es un relámpago, y la necesidad sigue sus ciclos, sean vitales o sociales. Lo que queda como sostén es la disciplina, en la que cualquiera puede ver la antesala de la rebelión o de la rutina. Dos salidas un tanto dispares. La rutina nos remite a un ejercicio metódico, a veces profesional, de la escritura, más propio del observador, del cronista y del analista que del muñidor de expresiones. En ese creciente desapego la rebelión quiere ser, a su vez, un acto de reajuste y también de justicia. No se trata de perseguir los hechos sino de dar a cada instante su expresión justa. Vuelve con ella el tormentoso placer de los primeros poemas y de paso se satisface alguna que otra necesidad inconclusa.
viernes, 10 de febrero de 2012
Al servicio de la marca
¿Monarquía o república? ¿Unitaria o federal? Eso depende. ¿Cuál es la que más vende? A la hora de reinventarse como imagen-país, o como país imaginario, uno debe cambiar el viejo ropaje nacional y vestir su régimen social ante el mercado de marcas con la fórmula más competitiva, potente y creíble. No olvidemos que la marca es imagen de fiabilidad y que detrás de ella está la cotización del capital humano, cifrada en sencillos números que registran al minuto la capacidad y la seriedad de los anónimos que empujan. Realmente esto es lo que hoy vende, y no la historia. Nada de historias, cuando hablamos de las cosas serias. Los monumentos vetustos, las viejas luchas intestinas, la cultura de los antepasados, los funestos reinos de taifas sólo son reclamos para el turista. Lo que importa a la hora de hacer valer una marca es dejar oír una única, recia y firme voz. Y a estos efectos es mejor lucir músculo sacando a desfilar a la tropa bajo la sagrada bandera que ofrecer jergas, cocinas e idiosincrasias varias. Como el desfile no es para diario, mejor sustituir la tropa por una pequeña escuadra de lucidos gastadores a los que se destacará para batallar de falsete, como deportistas, en todos los torneos donde se cotice la marca. Serán ellos los encargados de mostrar al mundo, y a la clientela, lo que se compra. Se ofrecerán como ejemplo de los valores humanos ocultos bajo ese señuelo y como prototipos, según venga el cuento, de una ciudadanía sana, de un pueblo fuerte o de una raza brava. Que la nomenclatura rechine tampoco debería ser problema, pues comparado con los deportistas poco o nada aportan los derechos individuales o colectivos a esto del mercado de marcas. Estaríamos en realidad hablando de cuestiones menores, ligadas a un ordenamiento constitucional que por flexibilidad debería en todo momento ajustarse a la conveniencia. Esto hace a muchos preguntarse qué calificativo convendría al Estado en la marca España. El tema ha sido ampliamente debatido y no tiene respuesta fácil, por eso conviene sopesarla buscando la mejor renta comercial. Hoy se lleva mucho el Estado de derecho, aunque sospecho que mejor sería de cohecho, y si es impropio aún sería mejor el Estado de gracia. Ese estado ha ido calando hasta llegar a la cuestión medular de la marca y sus defensores. Véase si no al ministro García Margallo, tocado de lleno por la gracia, cuando a bocapronta, pero en castellano bien hueco, proclama: «Los deportistas españoles son un elemento importante de ese conjunto de activos que forman la Marca España al servicio de la imagen del país». Al respecto la Casa Real ha emitido un breve comunicado que concluye: «Como histórico pasivo de la marca y a los meros efectos del saldo positivo que me toque, suscribo, firmo y rubrico esa agudeza».
martes, 7 de febrero de 2012
Izquierda y derecha, hoy
La izquierda ha pasado a ser tan cortés que difícilmente puede ser valiente. Con lo que tuvo de hacendosa, se ha quedado sólo en digna y de día en día más frágil; de poco le ha valido haber sido ilustrada, si todo lo que un día tuvo de curiosa lo tiene hoy de indecisa. Acostumbrada a esgrimir razones de interés público, se ve ahora obligada a seducir a su clientela —un éxito siempre dudoso— por temor a verse dominada. Es tan propensa a abochornarse con sus errores que resulta presa fácil para sus detractores, que no cesan de amedrentarla a gritos en el centro de la plaza. Desplazada a un sórdido rincón, atiende ahora consultas de los disconformes sobre los que derrama generosa su bálsamo reparador. También para los alterados ha dispuesto un gabinete que diagnostica con prontitud el trastorno y reconduce el desorden a base de fomentar esperanzas enérgicas. No sé si podrá conseguir mucho por estas vías, y más cuando por el otro lado se avasalla. Estos otros han entrado sin demasiadas dudas. El tiempo que han pasado acechando el poder, lo han vivido como un ejercicio baldío, democrático claro, pero fundamentalmente un penoso accidente. Con el pase por las urnas, muestran el aplomo de quien detenta el poder como si fuera de su propiedad. Su democracia no es de delegados es de procuradores y a la cabeza de la tropa, para que no haya equívocos, han puesto a un registrador de la propiedad. Han vuelto con su fórmula tradicional, la que reclama como derecho de la derecha hacer lo más propio a fin de que venga a ser propio lo que se estimaba compartido, que pasará a ser de su partido como carga liviana y muy rentable propiedad.
lunes, 6 de febrero de 2012
El tiempo y su escritura
La fe no sólo mueve montañas, a veces extiende su poder a territorios más prosaicos e impone en ellos cómodamente sus dogmas. A muchos les mueve la creencia, por ejemplo, en criterios estéticos superiores, gracias a los cuales pueden valorar cualquier estilo literario por contraste con un canon ejemplar, artificialmente constituido como síntesis de ciertos estilos personales, que juzgan incontestables y les resultan simplemente afines. Previamente cierta crítica ha elevado los rasgos básicos de esos estilos a la categoría de condiciones objetivas para la declaración de excelencia. Cualquier observador verá prevalecer en toda esta doctrina dos ideas fijas: la intemporalidad de la belleza y la existencia de un estilo óptimo para la expresión en una lengua.
Dejados a un lado los errores ortográficos y ciertas indisposiciones sintácticas, lo que muchos ofrecen en frases cortas, otros lo dan en frases más largas, lo que algunos expresan con un léxico florido y selecto, otros lo abordan con el lenguaje urbano. Decidir cuál es el más atinado ya sería difícil, porque ponemos de por medio la realidad que esos estilos reflejan y el ajuste alcanzado en el ensayo, pero decidir cuál es más atractivo y poner grados a lo estilizado es aún más difícil. Para complicar aún más estas graduaciones habría que tocar también el aspecto funcional, es decir el destino final de lo que se escribe. Lo que en un principio son cruces chirriantes entre lo funcional y lo literario, entre lo natural y lo amanerado, bien puede obedecer a la búsqueda para el mensaje de contextos equívocos y en definitiva a una elección estilística distinta. Es verdad que este experimento, en ocasiones incomprensible, suele tener un tono desviado e insoportable, pero ese instrumento suele ser también el único adecuado para expresar nuevas situaciones.
En todos sus niveles, desde el léxico, a la sintaxis, al estilo y al género empleado, los escritos quieren ser una respuesta a lo que con el tiempo nos llega y subsisten a partir de entonces como signos de ese tiempo. Se da, sin embargo, la paradoja de que, mientras que quien escribe cree expresar en palabras el sentido de su tiempo, es el tiempo el que parece ir dictando el sentido de esas palabras. La paradoja confirma que no existe neutralidad temporal y que el lenguaje fija sobre todo momentos y modos. Seguirá habiendo quienes crean que un estilo puro avala la verdad y la belleza. No hay mejor credo cuando uno pretende escapar de este mundo, cuando ha renunciado a entenderlo. Esas sensaciones no son nuevas. Probablemente estaban en circulación cuando Robert Musil acertó a expresarlas de este modo: «No hay nadie en el mundo entero que sepa liberar sus pensamientos de los ropajes lingüísticos de la época. Es por eso que ningún hombre sabe cuánto hay de cierto en todo aquello que ha escrito, y la razón por la cual al escribir ningún hombre es capaz de trastornar tanto las palabras como éstas al hombre mismo».
domingo, 5 de febrero de 2012
Actores al natural
Los estudiosos conseguirán sin aparente esfuerzo intelectual remontarse hasta el diálogo para encontrarle orígenes a la entrevista como género, aun a costa del versátil Sócrates y de su círculo de incondicionales. Apuntarse ese tanto es apuntalar en tierra firme construcciones literarias cada vez más movedizas y en ocasiones ruinosas. Ni entonces ni ahora abunda en esos intercambios verbales la franqueza, por lo que hemos dado en suponer que todos son meras puestas en escena. Excepcionalmente a beneficio de quien pregunta —me estoy acordando de Oriana Fallacci— y generalmente, por convenio editorial, de quien responde. Eso no significa que el interrogador no se reserve algún cartucho, mayormente para agitar la turbia conciencia, la flaca memoria o la decidida estupidez del entrevistado. Los que nos sabemos limitados ganamos poco en esas lecturas, por eso siempre nos quedamos con algún dato menor de la enorme cascada de palabreo manejada en el curso de esa «franca conversación mantenida cara a cara por este humilde reportero con ...».
En mi rutinaria inspección de la prensa, me encuentro hoy domingo con un par de entrevistas de muy distinto tono. En la primera Jesús Ruiz Mantilla entrevista para El País a Amparo Baró. El diálogo es distendido, cordial y de la parte interrogada suena a sincero, lo que no es poco. Está el obligado preámbulo llamando al público a las taquillas del teatro, pero lo que importa verdaderamente es la reflexión de Amparo sobre su profesión. Aquí, como tantas veces, el curso de la conversación es un tanto disperso, pero deja notas sabias. Me quedo de entre todas con esa en que habla de la construcción del diálogo en escena: «Es esencial la generosidad. Saber que si haces la pausa, te mira; que cuando coloca una frase, tú la observas y la dejas hacer, esa compenetración... El teatro, vamos a ver, es sentido común y algo de oído, si no mucho...». Algo se podría inferir de esa cita también para lo que se hace para la imprenta. A veces esa construcción teatral de la naturalidad supera con creces en cuanto a verdad a la supuesta naturalidad de los que se enfrentan como caricatos a las preguntas del reportero.
Esto me lleva a la segunda entrevista, también de un actor. La firma Elizabeth Day para The Observer, y su objeto, bien podría decirse de deseo, no es otro que Vincent Cassel. El no tiene la culpa de esos animados prologómenos entre miradas, sonrisas, fotografías y otras escenificaciones. Asume como cuestión de oficio su papel de genio encantador ante la prensa. El catálogo de todas esas naderías no abruma tanto como las rúbricas que la informadora va colocando entre las convencionales respuestas de Cassel. Por eso lo más llamativo aquí, lo que reclama cita, es la cobertura fotográfica que acompaña a sus bobas declaraciones y ese formato que empieza difundirse en algunos medios. Bajo una foto del apuesto Vincent con intencionada pose podemos leer todo esto: «Polo shirt £149, Paul Smith (harrods.com) Trousers £385, Jil Sander (selfridges.com). Photograph: Joanna Van Mulder for the Observer». En las restantes lo mismo. Es de justicia atribuir el disparo a su autora, es de justicia atribuir la propiedad del polo al almacén que lo cede, es de justicia indicar su fabuloso precio. Pero es demasiada justicia para el castigado lector. No voy a decir que salga con el batín de casa, ese de colorines, pero seguro que tiene armario como para lucir con naturalidad su forma de ser. ¿No decíamos que la vestimenta imprime carácter como si fuera una segunda piel? Pues bien, para la entrevista agradeceríamos ver la genuina, la primera. No me imagino a la Baró con un pie de foto recompuesto para la publicidad. Afortunadamente en la suya sólo dice, y esta vez haciendo estricta justicia, Jordi Socias.
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sábado, 4 de febrero de 2012
Suerte para el pasajero
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| Puente de Santiago sobre el río Mapocho, Chile Barón de Bouganville, Journal de la navigation autour du globe (1837) |
River, Alexandre Desplat,
BSO The Tree of Life (2011), dir. T. Malick.
viernes, 3 de febrero de 2012
Registros y usos varios
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| Spintria, moneda romana usada en prostíbulos |
jueves, 2 de febrero de 2012
Divulga, que algo queda
Según prescribe el manual del astuto divulgador, para que la gente ame de verdad la naturaleza no hay mejor cuento que aquel que hace saludar a las ranas, hablar a los músculos, disimular a las arcillas, obedecer a las moscas, esconderse a las flores y abrazarse a las células. Escribir ese guión no es difícil del todo, lo difícil es que el lector se entregue a él, que se integre en ese pandemonium y que no acabe como un grillo.
viernes, 16 de diciembre de 2011
La falacia del círculo activo
Algunos consideran que dando significado al vacío dentro de una corriente artística se completa un ciclo y se sella la influyente puerta que lleva a su pasado. Además a partir de ese cero se vuelve a un nuevo ciclo menos canónico y consecuentemente más libre e interpretativo. Indudablemente el vacío es muy sugerente y está preñado de significados. Tanto que es difícil interpretarlo restringiéndose al marco de una disciplina. Creo que todo esto conviene al caso, o al desafío, planteado por John Cage con su 4'33'' y su invitación a la escucha del silencio. Evidentemente el autor se vale de la historia, en este caso musical, y diseña con impecable rigor, pero sin demasiado riesgo intelectual, un experimento de trascendencia musical. Un experimento que al trascender las pautas musicales apenas responde a ellas, entrando con mayor propiedad en el terreno de lo sociológico. Sus oyentes —permítaseme la denominación— somos muy libres de incorporarlo a la historia de nuestra relación con la música y quizá hasta de mostrarlo a los demás como si de una amplia ventana se tratara, desde la que conseguimos ver el fluir de la calle sin necesidad de arriesgarnos en ella, o como la vía idónea para alcanzar algún estado de anonadamiento más o menos letárgico. Al fin y al cabo, alcanzar estados y sensaciones alejados de la norma, más o menos anormales pues, parece ser el resultado más inmediato y convencional en las manifestaciones artísticas. Pero no sólo en ellas, porque hay otras actividades y espectáculos que animan ese mismo fin. Fuera de un contexto musical, y si se me apura de la ciencia física, el silencio absoluto difícilmente existe. Remitiéndonos a ese contexto, y sin que medie otra manifestación que lo acompañe, el silencio viene a ser una propuesta ante todo conceptual, en la que se adivina más intención litúrgica que verdaderamente musical. Hay en él mucho más de gesto que de diseño. En realidad, sólo puede ser interpretado en este último sentido mediante una maniobra con salida a un cuadro más amplio, quizá filosófico, religioso o simplemente sociológico. Con el uso de este tipo de recursos fuguistas, destinados a elevar el alza o el punto de mira, creen algunos que verán más lejos, que hilarán más fino o que sentirán algo nuevo. Su situación, sin embargo, se parece más a la de quien se ha pasado de rosca: cree firmemente haber llegado a algún más allá, cuando metido en ese círculo simplemente ha dejado de ser penetrante. Para el crítico despiadado el autor es un inocente satélite que ha decidido posar girando en una órbita fija y ensimismada. Es posible, incluso, que algunos oyentes le sigan arrastrados como catecúmenos a una nueva fe. Pero la realidad es otra, la realidad es que se ha hecho tan frecuente ese género de alardes en el arte actual, que apenas concita devoción. No por eso dejan de tener este tipo de obras impacto, si bien generalmente distinto del que buscan. Parece como si con ellas se intentara crear, formar y educar reacciones de estupor. Si esto es así, aterra seguir pensando y concluyendo que en el mundo actual ya sólo van quedando el estupor y el terror como focos sensibles, como auténticos generadores de emociones. De ser así, probablemente hayamos encontrado la función de estos vacíos insensibles en las corrientes históricas. Pero quien, animado por el hallazgo, intente llevar su proyecto artístico a esos círculos, pronto advertirá que, de no explotar el terror o el estupor, allí el invento no da más de sí.
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sábado, 10 de diciembre de 2011
Adverbiaturas sesgadas
1. Todos somos relativamente normales, porque todo viene a ser normalmente relativo.
2. Quien se hace tontamente visible sin ser visiblemente tonto es más fácil de ver que de entender.
3. Cree el crédulo que la autoridad si inteligente ha de ser también forzosamente tolerable.
4. Tu pasado, resumido en prometedoras apuestas de futuro, es ahora perdidamente tuyo.
5. Deja que tu fiereza se abra paso suavemente, hasta que la confianza haga cuerpo en ti.
6. El que aprende a superar airosamente su vergüenza sabrá hacerse oficio sin ella.
7. Si no logra lo aberrante confundir la sana razón, al menos la torturará sabiamente.
8. Devorado a fuego lento por el deseo, despierta amorosamente al genio en su volcán.
9. Para cosechar virtudes, sigue a los santos que son franca, tremenda y despiadadamente eficaces.
10. Felizmente las luces del sol, del espíritu y de la razón nunca despuntan simultáneamente.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Entre lo icónico y lo irónico
Siguiendo una regla que empieza a ser común, cuando algo se alza enorme y sobrecogedor frente a nosotros, siempre aparece por detrás un experto dicharachero que agrava nuestra insignificancia haciéndonos ver al monstruo como un hijo natural de nuestro tiempo, como su consecuencia necesaria. Me pasa cuando levanto la vista frente a un rascacielos, por ejemplo, y abrumado por su altura me rindo y aparto mi mirada hacia un lado. Justo entonces es cuando aparece, como si quisiera tranquilizarme, el dichoso intérprete de mis temores para decirme que no me sienta ridículo ante esa mole, que sólo nosotros podemos entender y apreciar los rascacielos como una solución de compromiso estético, seguramente la única posible, dice, entre lo funcional y lo monumental. Sigue extendiéndose sobre la estética de estas soluciones, aconsejándome no desdeñarla sino más bien recrearme con ella, y para apaciguar mi inquietud insiste concluyente en que hay que aceptar su apabullante tamaño si se quiere salvar su funcionalidad.
De modo que empieza a verse un orden explícito en todo este arreglo, a qué negarlo. Primero, van madurando en el espacio urbano unas condiciones cada vez más críticas, pongamos la escasez de suelo edificable junto al alza de su precio; segundo, aparecen soluciones tecnológicas como los ascensores y las estructuras de acero que permiten resolver la situación con un despegue en vertical de la edificación y una multiplicación de los rendimientos; finalmente, se intenta reconciliar esas moles ciclópeas con la estética, o si se prefiere pasan a engrosar la historia de la arquitectura. En consecuencia, y por mucha fe que tengamos en la trascendencia e intemporalidad de las formas, en este asunto de los rascacielos el alcance de las teorías estéticas es necesariamente limitado, además de subordinado.
Lo más parecido a una incipiente teoría estética sobre los rascacielos aparece en 1896 en un artículo del arquitecto estadounidense Louis Sullivan. Su participación en el nuevo trazado de Chicago y en su rápido crecimiento en vertical, tras el arrasador incendio que asoló la ciudad en 1871, fue de hecho anterior a esta interesante, y para entonces también interesada, reflexión. «The Tall Office Building Artistically Considered» examina las características de este tipo de edificios y las proyecta en una figura estéticamente inequívoca, la columna. Es curioso, pero en su artículo apenas concede importancia a sus connotaciones funcionales. Quizá las evitó para remarcar en el rascacielos otras significaciones más simbólicas, quién sabe, algo así como el mágico sostenimiento del firmamento, y con él el de todas nuestras ilusiones terrenas, pero tampoco parecer ser ese el caso.
En su planteamiento, bastante más llano y apegado al terreno, Sullivan se limita a confirmar la vigencia de la columna como forma arquitectónica y repasa sus tres componentes, la basa, el fuste y el capitel, atribuyéndoles a cada uno un sentido estético diferenciado y realzando de este modo la naturaleza icónica del conjunto. Es así como adjudica a la base del rascacielos, con sus primeras plantas, las funciones que sirven de soporte al conjunto, mientras que la fusta, lisa o estriada, «sugiere una serie monótona e ininterrumpida de pisos de oficinas», dejando para el final, a modo de capitel, los elementos formales o figuraciones que dotarán de fuerza emblemática al conjunto. Ante esa concepción del rascacielos es natural preguntarse a qué pretende oponerse esa fuerza columnar de dimensión tan descomunal. Levantada en solitario hacia el vacío y en las proporciones propuestas por Sullivan, la columna pasa de ser un soporte monumental a convertirse en un monumento funcional, lo que no deja de tener su lado irónico.
Con todos estos precedentes, cabe preguntarse qué habría sucedido si alguien hubiera partido de ese carácter entre icónico e irónico del rascacielos para crear un edificio de oficinas de diseño rigurosamente columnar. Pues bien, tenemos respuesta a esta pregunta, porque realmente sucedió, porque existió un diseñador que entró en ese juego y le dio cumplida respuesta. Es verdad que, en principio, cualquier rascacielos debería ser considerado una respuesta al reto columnar, pero no todos juegan a fondo ese juego icónico-irónico. En la mayoría prevalece el carácter icónico del edificio sobre cualquier otro signo irónico de distanciación respecto del discurso arquitectónico. No es tan extraño que la chispa irónica surgiera en uno de los concursos para rascacielos más recordados de la historia. Al concurso de ideas para la construcción de una torre para las nuevas oficinas del Chicago Tribune acudieron 256 arquitectos de todo el mundo. Estamos en 1922, momento crítico en que empiezan a definirse nuevas corrientes en la arquitectura moderna. El resultado final es decepcionante, se premia un proyecto de corte neogótico de Howells y Hood, que parece afianzar una línea de diseño claramente conservadora.
Entre los disidentes de esa línea estaban algunos de los participantes europeos, arquitectos ya entonces muy renombrados y que posteriormente han hecho historia en su disciplina. De entre todas esas propuestas nos quedaremos con la de Adolf Loos, que se instala como ninguna en ese juego ambiguo entre lo icónico y lo irónico. Tan sutil resulta su juego que ha dividido a los críticos, que a estas alturas son todos los arquitectos en ejercicio.
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| Propuesta de Adolf Loos para la sede del Chicago Tribune en 1922 |
Frente a los escépticos estarían los devotos de Loos. Para muchos de ellos, a pesar de su devoción y aun aceptando la monumental ironía, resulta difícil explicar ese gesto grandilocuente y reverencial para con el clasicismo, representado en esa gigantesca columna dórica. Creen que su programa modernista y su tajante ruptura con la cultura kitsch vienesa se explicarían mal con ese homenaje. Y sin embargo, puede que más allá del carácter icónico que se la ha otorgado como enseña de la nueva arquitectura del siglo XX, contenga su rascacielos un significado más profundo y emblemático. Hay detalles materiales, además de sus propios escritos, que confirman el interés de Loos por la estilización monumental que se había venido cultivando en la construcción de mausoleos a lo largo de la historia.
Al margen de estas discrepancias, si partimos del icono arquitectónico que el proyecto propone, sólo una interpretación adecuada puede imprimirle carácter emblemático y ayudarnos a adivinar el sentido con el que lo creó su autor. Una primera interpretación, que sintonizaría con otras obras de su tiempo, es convertir ese icono en una alegoría conceptual del trabajo. El sólido pedestal, que se asocia a la función orgánica de sostén y administración, serviría de fundamento para que pueda el espíritu elevarse a través del continuado esfuerzo laboral hasta las más altas cotas, hasta un paraíso tan sólido como los cimientos. Pero, leyendo sus prescripciones y la pequeña memoria que redactó posteriormente, se concluye que nada de eso encaja, y que de seguir en esa línea el conjunto diseñado adquiriría un tono de parodia y completaría un inesperado giro de lo icónico a lo ironía bufa.
Es significativo, en concreto, que el material escogido para la torre fuera granito negro pulimentado. Seguramente Loos quería rodear la fábrica con esa atmósfera de brillante oscuridad y con esos reflejos sombríos tan solicitados por la arquitectura funeraria. El detalle sirve de apoyo a una interpretación del icono más acorde con el espíritu clásico y más próxima a lo expresado por Loos en su memoria. De acuerdo con ella, la columna está colocada sobre una tumba, no es otra cosa el altar cúbico que le sirve de base, y actuaría como un canal mediador entre cielo y tierra, entre la vida y la muerte. El diseño se habría inspirado directamente en la funeraria clásica y transmite al icono toda su fuerza emblemática. El propio clasicismo parece ser reinterpretado a través del edificio en un mundo que parece gobernado por otros principios. En este sentido, junto a la intención casi programática de mostrar cómo la forma aflora naturalmente desde la propia materia, queda también claro que eso impone, tratándose de un rascacielos, un exigente análisis de las estructuras que deben mantenerlo firme y facilitar su función.
Nos han hecho a ver en los rascacielos signos de progreso y modernidad, nos han acostumbrado a medir la modernidad en sus progresivas y disparadas alturas. Puede que eso baste para exhibirlos en catálogo como iconos de los sucesivos siglos, como emblemas de la pujanza y el poderío económico e industrial, pero no los convierte en signos inequívocos. Ninguna manifestación artística está a salvo del corrosivo efecto de la ironía, como tampoco de la derrota o el extravío de su discurso. Y lo que vale para la literatura vale también para la arquitectura. Quien pone en circulación diseños que explotan el equívoco, compromete el sentido del discurso vigente pero posibilita la ilusión de una nueva continuidad. Otros, por contra, parecen empeñados en la reproducción del rascacielos como el más prestigioso icono de su mundo. Nadie podría decir por cuánto tiempo seguirán en ello. Lo que se puede apreciar, sin embargo, son claros signos de agotamiento, los mismos que surgen en cualquier arte cuando se tiende a confundir la versatilidad del diseño con la expresividad del modelo. No está de más señalarlo, porque esa distinción es la que vino a defender en arquitectura Adolf Loos.
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viernes, 2 de diciembre de 2011
El programa de Twain
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| Mark Twain en una ilustración de Life Magazine, agosto 1883 |
En el caso de Mark Twain, está bien reciente el aniversario de su nacimiento. Y como suele suceder, ese espíritu del que se le ha rodeado, unido a los testimonios y anécdotas publicados, han llevado al personaje Twain mucho más allá de donde el autor Twain llegó con sus textos. Con todo, no quisiera que pareciera que he llegado hasta aquí para regatearle mérito a su inquieto espíritu; todo lo contrario, quiero celebrarlo recordando uno de los dichos que se le atribuyen, sea o no sea suyo. Se trata de su recordada invitación a los jóvenes para que se lancen al viaje iniciático. Muchos han hecho de ella su divisa personal y con ella han alimentado toda una filosofía vital. Transcribo:
«Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn't do than by the ones you did do. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover».
[Dentro de veinte años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las que hiciste. Así que suelta amarras. Navega lejos del puerto seguro. Atrapa los favorables vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.]
De vuelta ya de esos veinte años, pienso si no debería hacer mi propio balance viajero, poniendo en claro todo lo que lamento no haber hecho tras verlos pasados. Sin darme por satisfecho, aún puedo decir que he explorado bastante, que algo he soñado y que a veces hasta he descubierto, de lo conveniente y de lo inconveniente. He pasado por tanto, con mejor o peor nota, el programa iniciático de Twain, aunque eso no me ha librado de nuevas decepciones. Ahora llegan porque el viaje parece agotarse, porque mal o bien todo parece estar ya hecho y seguramente porque necesito que recobre impulso. Tentado estoy de emplazarme a los próximos veinte años, aunque los propósitos ya no sean los mismos. No creo que al cabo de ellos me lamente por lo no hecho, más bien será por no haber cumplido con lo que debía de ser hecho. El guión apunta claramente a un viaje cuyos derroteros son bien distintos. De la libertad adquirida en aquel primero derivan ahora responsabilidades.
Con un norte tan marcado, los viajes al estilo trotamundos pasan a jugar un papel más evasivo que iniciático y actúan en todo caso como interruptores ocasionales de esas rígidas responsabilidades. Ese giro los desvía a los viajes de aquella su primera intención. Insistir en ella resulta como poco nostálgico. Poco puede tener de iniciático el turismo convencional, cuando poco tiene de exploración, de sueño o de descubrimiento. Eso no implica que el viaje sea imposible. Permanecen abiertas a estas tres opciones otras fórmulas, que no pueden concretarse en pasajes, quizá más ilusorias, pero igual de sugerentes. Pienso en los tortuosos viajes recorridos a través nuestra geografía mental y en los que imaginamos siguiendo los pasos de otros, pienso también en los que iniciamos desafiando nuestros enigmas y en los que nos conducen a esa cripta mental en la que se alimentan nuestros miedos, por no hablar de los más nuevos y prosaicos emprendidos navegando seguro a bordo del ordenador. Aunque algo desacreditadas por virtuales, las aventuras de este tipo siguen respondiendo a nuestro deseo imperecedero de explorar, de soñar y de descubrir. Y con ellas podemos cubrir en materia de viajes, tras el programa elemental enunciado por Twain, un nuevo grado de maestría. Cambia, como es notorio, la orientación curricular. A poco emancipado y libre que uno se sienta tras la anterior singladura, el único viaje posible que nos queda es el que nos ayuda a conocernos mejor. Los demás se quedan en simples desplazamientos para vernos desde mejor perspectiva, para recomponer nuestra imagen con nuevas posturas, o simplemente para estimularnos y aguantar mecha de camino hacia la nada.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Acosarse
Cuántas veces nos contemplamos bajo una lente despiadada,
atónitos ante la enormidad de nuestros errores,
apocados frente a la gravedad que nos acecha.
Cómo no reconocerse en ese minúsculo sujeto,
extenuado por el aro luminoso que se estrecha,
al capricho de un visor humillante y riguroso.
Cuántas veces nos contemplamos como testigos medrosos,
cuando podríamos recuperarnos como dueños
sin más que afirmarnos y decidir un nuevo sueño.
Quién le habrá concedido privilegios tan íntimos
a ese dulce ego que nuestro amparo se arroga
mientras sin tasa ni reparo su dominio nos ahoga.
Cuántas veces nos contemplamos entre esos dos frentes,
de un lado la tibieza, del otro la cruel lente,
objetos del análisis y de su caprichoso foco.
Cómo cerrar nuestros ojos a lo que allí es visible,
cómo evitar juzgarse, si desde aquí todo es flaqueza,
cómo no aceptarse en una sentencia ruda y severa.
Cuántas veces nos contemplamos reos de piadoso juicio
agitando la cadena chirriante de los hechos,
frente a un tribunal tolerante y soñoliento.
Cómo saber si no será mejor absolverse,
o si no será mejor culparse,
porque de poco valdrá ignorarse
si ante el acoso de la cruda ciencia
acabamos presos de nuestra conciencia.
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